Por Moira
Soto
“Cuando
estás cerca de mí/ este techo violeta ya no existe,/ veo el cielo sobre
nosotros/ que permanecemos aquí,/ abandonados,-/ como si no hubiese nada más en
el mundo”, dice una parte de la canción de Gino Paoli que se escucha en un
momento de puro sortilegio de la obra de Sonia Novello, El cielo en una
habitación. Que precisamente toma el título de ese tema. Y vale arrimar la
traducción al castellano porque es entonado en vivo en el idioma en que fue
escrito en los tempranos ’60, el italiano. 
La misteriosa mujer de impermeable rojo y melena exuberante
sorprende cantando a Omar, el hombre deseante
Un perfecto sillón art déco rojo situado en el medio del ambivalente espacio escénico es el punto de fuga donde convergen dos cuentos, inicialmente independientes. Relatos paralelos que en la representación que los adapta, se tocarán en alguna instancia, pero sin mezclarse. La luz azul que se filtra por las persianes de la ventana sugerirá el cielo, la noche. Y otras luces, cálidas, ubicuas irán creando espacios personalizados en esa habitación donde circulan y toman la palabra dos personajes bien diferentes que, sin dialogar entre ellos, sin siquiera conocerse, van a ir dando forma, complementándose en la descripción, a un tercer personaje que aparecerá brevemente en forma idealizada.
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| Omar, el hombre que baila su ilusión |
Dos personajes, un hombre y una mujer, poco frecuentados en el teatro con esta empatía reveladora de sus respectivas miradas sobre el mundo que les ha tocado habitar, sobre sus anhelos individuales. En este montaje paralelo que sucede en la sala La Gloria, cada rol tiene su lugar diferenciado: el de Omar es el silloncito y sus alrededores; el de María, una especie de mesada, cerca de la pared del lado derecho del público, donde ella dobla y acomoda ropa femenina -cara- mientras que habla para sí o dirigiéndose a la invisible dueña de ese vestuario. Obviamente, su empleadora que, en la zona del flujo mental, es comentada con ojo crítico, irónico, un tanto desdeñoso por María, la empleada doméstica, la chica de la limpieza que tiene bien junada a la señora, su desconfianza y sus mezquindades. Y le para el carro de frente, aunque esté fuera de su vista, cuando hace falta. Por cierto, cuando inspecciona las prendas de su “patrona”, según lo baqueteadas que estén, sabe cuáles podrá heredar…
Él, Omar,
representa cierta masculinidad que se tambalea sin caerse del todo; es alguien
que denota su incomodidad por no cumplir el rol viril asignado del
conquistador, pero, a la vez, trata de justificarse. Un señor maduro, en plena
forma física que no se ha teñido y que es capaz de observar con aprecio
estético las canas que brillan en el pelo oscuro de la mujer que ha despertado
su interés, sacándolo de su asumido repliegue de amores o amoríos. Lapso en el
que se ha dedicado gustoso a “la lectura, el taller de cine, el Duolingo, el
gimnasio, el dibujo”, según enumera.
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Un hombre real, una mujer soñada
Pero a la
hora en que la va a recibirla a ella, teme no estar a la altura, en algún lugar
le pesan los códigos de género de la masculinidad a la vieja usanza. ¿Hago esto
o hago lo otro?, se pregunta. Sin embargo, en los primeros tramos de este
espectáculo intimista, de cámara, se lanza contento a bailar en calzoncillos
una música disco y prosigue el diálogo consigo mismo, con el público. Se da
aliento, se desmerece, vacila, se reanima…
Y en el
arriba citado momento de encantamiento, desde punta de banco de la primera fila
de la platea, se desliza hacia el escenario una mujer de estiloso trench
colorado, atado a la cintura. Ella siempre estará de espaldas, en primer plano,
su espléndida pelambre cayendo sobre su espalda y dejando ver hebras plateadas,
apenas permitirá adivinar su rostro. No hay total certeza sobre la identidad de
esta mujer que entona, como si tal cosa, ese exitoso tema de los ’60 del siglo
veinte, que solían hace Mina, Battiato, Ornella Vanoni, Gianna Naninni, Connie
Francis… Tema, El cielo en una habitación, presente también en films tan
dispares como La muchacha con la valija (1961), de Valerio Zurlini, o Buenos
muchachos (1990), de Martin Scorsese. “La más hermosa canción de amor”, se
ha dicho de esta creación de Paoli que arranca así: “Cuando estás conmigo/ este
cuarto no tiene paredes,/ sino árboles, infinitos árboles”. Y concluye poéticamente:
“Suena una armónica, / me parece un órgano/ que vibra por vos y por mí arriba,/
en la inmensidad del cielo”. Bueno, la aquí dramaturga y codirectora Novello -sin
figurar en el elenco- afortunadamente se atrevió a cantar el tema de marras en
esmerado italiano.
Una rara
química se establece y se potencia entre la forma confidencial, detallada,
siempre amena en que Luis Millicay desgrana su narración sin dejar de tomarse
el pelo cada tanto, pero siempre sosteniendo su entrañable personaje, y el
dinámico paso de comedia que marca con su particular vis cómica, acentuada por
el acento peruano, Analía Sánchez.

Claudia MacAuliffe y Sonia Novello, amigas por la vida y el teatro
Amigas
amiguísimas de toda la vida, que se asocian una vez más para hacer teatro,
Claudia MacAuliffe y Sonia Novello se reparten tareas, ya como actrices, ya
como directoras, productoras, dramaturgas, agentes de prensa, convocando
asiduamente a Gabriella Gedelics para el diseño artístico, que en esta
oportunidad asesoró en vestuario y escenografía. Ella fue la que pensó en el trench
rojo pasional, y Sonia supo encontrarlo… La habilidosa CMA confeccionó algunos
de los accesorios, con una ayudita de su hija Inés. Solo faltaría añadir que el
lugar idóneo para esta lograda pieza es sin duda La Gloria, en Yatay 890, donde
se representa los sábados a las 18. Pero antes, al pasar por la boletería, cada
integrante del público es convidado/a con un café y un rico trozo de torta
casera, otro aporte del creativo equipo.
Las fotos
son de Pablo Garber

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