Por Moira Soto
| Alejandra Darín. Crédito Juana Ghersa |
Arendt, de cuya muerte a los 69 se cumplieron 50 años en diciembre pasado, fue una pensadora alemana -de origen judío- original, audaz, a contracorriente, inconformista, libre de toda atadura, que no le temió a la polémica. Tampoco al escándalo que produciría con su lectura de la historia del siglo pasado sobre los totalitarismos y, particularmente, su enfoque respecto de uno de los importantes burócratas del nazismo a través de su ensayo Eichmann en Jerusalén, Un informe sobre la banalidad del mal (1963). Célebre título cuya segunda parte suele ser harto citada (a menudo, en vano) por conductores y panelistas en la radio y la televisión locales.
Dicho libro ofrece un resumen y posteriores reflexiones acerca del proceso a Adolf Eichmann que HA cubrió in situ para la revista estadounidense The New Yorker. La autora se atreve a desafiar lo que se esperaba de ella: que retratase a un criminal monstruoso, incalificable en su alevosa maldad. Pero Arendt fue honesta desde su propia experiencia: ni loco ni enfermo, describió al acusado como un funcionario obediente y prolijo, que cumplió lo que el régimen nazi esperaba de él para que contribuyera a llevar a cabo la llamada "solución final". Sin pensamiento crítico, sin asumir responsabilidad moral, AE aportó eficientemente a la logística del genocidio sistemático, quizás con la ambición de conseguir un ascenso.
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| Hannah Arendt |
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| Universidad de Heidelberg, lugar del flechazo con Heidegger |
Este 15 de enero de 2026 se está cumpliendo un año de la muerte de Alejandra, a los 62, luego de una descollante carrera que culminó -entre otros espectáculos- con Moscú, versión libre de Tres hermanas de Chejov, junto a su talentosa hija, Antonia Bengoechea (2028/2020); Copenhague (2020, Michael Frayn), A la izquierda del roble (2022, Pacho O'Donnel), Scalabrini Ortiz (2021/2023, Florencia Aroldi), Condolencias (2023, de Alicia Muñoz).
A continuación, la entrevista que tuve la suerte de hacerle a Alejandra Darín en mayo de 2010, en pleno apogeo de Un informe....
Alejandra y Hannah, estableciendo contacto en escena
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| Darín y Núñez en Un informe sobre la banalidad del amor |
El título de la efectiva obra de Diament alude evidentemente a Eichmann en Jerusalén, Un informe sobre la banalidad del mal (1963), texto donde Arendt presenta al criminal nazi como un burócrata ordinario sobre todo interesado en hacer carrera, imagen de la ruina de la conciencia moral y política según la controvertida y singular pensadora, autora asimismo de obras capitales de la filosofía política de siglo XX (Orígenes del totalitarismo, La vida del espíritu, Una revisión de la historia judía, Hombres en tiempos de oscuridad) y asimismo de una biografía sobre Rahel Varnhagen, intelectual judía que se supo rodearse de los poetas más distinguidos y reconoció muy tempranamente el genio de Goethe.
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| Rahel Varnhagen |
En su estilo profesional, Alejandra Darín es lo menos parecido a una diva que pueda imaginarse en la farándula local, un espacio al que ni siquiera le interesa pertenecer. Darín ha hecho bastante tevé para ganarse la vida, se ha ido afirmando en el teatro, particularmente interpretando piezas de Diament: Esquirlas, El libro de Ruth, Cita a ciegas. Sin embargo, esta actriz no es exactamente la “musa” del escritor, como ha dado en llamarla cierto periodismo. De hecho, haber obtenido el rol de Esquirlas se lo debe en realidad a una situación de justicia poética: “Llegué a esa obra porque se bajó la actriz que había sido convocada en primera instancia. Y resulta que unos diez años antes, con esa misma actriz había hecho un programa de TV, y la padecí mal. Mi papá solía decir, sin ánimo vengativo, el clásico refrán ‘Siéntate en la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo’. Una figura literaria para expresar que las injusticias se reparan sin necesidad de salir a buscar revancha, porque la vida va reacomodando las cosas. Así que una década después de haber recibido ese maltrato horrible, se produce este espléndido resarcimiento...”
Y además tiene lugar tu encuentro con Mario Diament, que resultaría tan fructífero.
—Exactamente. Conocía Crónica de un secuestro y alguna otra obra suya, pero no a él personalmente, con quien mantengo ahora una amistad entrañable. Bueno, me llega Esquirlas, la empiezo a leer y no logro detenerme; me olvido de todo hasta llegar al final, conmovida hasta las lágrimas. Cuando pude parar de llorar, agarré el teléfono y lo llamé, ese fue mi primer contacto con Mario. Creo que sus obras, además de ser buenas para la escena, son literatura, las querés tener en tu biblioteca. Van a permanecer, fuera de modas y corrientes.
—Claro, porque una cosa es que un personaje te interese, te provoque, y otra que sientas que tiene un arraigo profundo en quien sos vos. Uno de los aspectos que más aprecio del teatro de Mario es la forma en que escribe sobre las mujeres, desde las mujeres. Con un conocimiento y una sensibilidad sorprendentes, libre de los habituales preconceptos.
Sin ponerte en la categoría de fetiche, que es lo que se suele hacer cuando un actor, una actriz repiten con un autor o un director, se podría decir que te has especializado en Diament.
—Sin duda se van sumando factores a favor que me predisponen, además de su interés sincero y de su buena fe hacia los personajes femeninos, figuran la calidad de sus piezas, el afecto que me acerca tanto... Mi sensación es que nado fluidamente en sus personajes, con soltura, naturalidad, sin dejar de percibir sus distintas facetas. E incluso te puedo decir que con la misma obra, aunque la interprete durante mucho tiempo, como es el caso de Un informe..., mi deseo de seguir haciendo ese personaje se mantiene muy vivo, función tras función, porque advierto que no se agota, siguen ocurriendo nuevos descubrimientos. El otro día le escribí un e-mail a Mario donde le decía que si tuviese que elegir un concepto entre los que se dicen en la obra, sería esa frase de Hannah al final en la carta: “Solo el amor es capaz de infundir razón a la existencia”. Poder pronunciar este pensamiento a un grupo distinto de gente cada vez, de gente que en general lo recibe abiertamente y se emociona, para mí, en lo personal es algo maravilloso, un verdadero privilegio. Algo que me justifica como persona, como actriz. Más allá de la apreciación personal que haga cada uno, creo que Un informe... habla del amor, de ese amor que básicamente tiene que ver con el perdón, con la piedad para con uno mismo, con comprender las razones del otro aunque no las compartas. En este caso, Martin Heidegger, gran amor de Hannah, con sus simpatías por el nazismo, su colaboracionismo por conveniencia que no pudo reconocer.
Esto de que cada función de teatro es diferente parece acentuarse en este caso...
—Es lo fantástico del teatro. Y no te cuento lo sublime que puede resultar cuando se produce esa alianza, esa convergencia entre el texto, los actores, el público. Esta obra —el texto, la puesta— ha generado en quienes la hacemos y en el público cosas muy hermosas, emociones muy elevadas. Despierta un amor muy especial, no es una pieza más.. Siempre con Osmar Núñez, antes de empezar la función, nos deseamos mutuamente “Buen viaje”. Porque es una travesía distinta siempre y hace falta un alto grado de concentración para que todo se articule. Pero cuando sucede, es una gloria, algo superior.
—Desde el vamos, nunca se me ocurrió hacer nada que tuviera que ver con la imitación ni en lo físico ni en lo gestual, sino más bien tratar de acercarme a su espíritu, a su personalidad. Obviamente, no me iba a doctorar en politología en tres meses, tampoco soy judía. Tenía que trabajar con mis recursos y, por suerte, la relación con Manolo Iedvabni, el director, y con Osmar Núñez, así como con todo el equipo de trabajo, fue y sigue siendo estupenda. Me metí en YouTube, vi a Hannah ya de grande en una entrevista, en otras grabaciones. Me concentré en percibirla, en encontrarle el tono interior. En esa charla tenía 50 y pico, y la noté muy moderna, desenvuelta, desfachatada para una época en que yo estaba naciendo y las señoras todavía tenían que ser modosas, aunque ya afloraba la generación que marcó la ruptura. Por eso, las de mi generación pudimos empezar a disfrutar cada vez más de esos logros de nuestras madres. Yo les estoy muy reconocida a esas mujeres, hablo de las más cercanas, como mi mamá y mi abuela, que nació el mismo año en que Hannah, y que se murió a los 101, hace un par de años, y supo ser un espíritu femenino poderoso. Debo decir que la Hannah que vi en YouTube no me sorprendió: esperaba encontrar a una mujer con semejante temperamento y ese brillo interior que no dependía de la alta posición académica que ocupaba en ese momento, sino de sus atributos de siempre, desde que era una niña. Es un personaje que me da la posibilidad de profundizar en zonas que me conciernen personalmente. Cuando ella dice en la obra: “Será por eso que siempre tuve la sensación de que mi verdadera patria era algo mucho más intangible”, me siento plenamente expresada. Porque la verdad, soy argentina por lugar de nacimiento pero no creo demasiado en la argentinidad; vengo de una familia católica pero yo no lo soy... No me parecen valores para apoyarme los nacionalismos, los dogmas, las fronteras. Creo que detrás de esas construcciones anidan las peores miserias humanas, los racismos, las intolerancias, determinados crímenes. Tampoco acepto que se les imponga a los hijos las propias creencias religiosas, si es que las tenés. Me parece mal educado andar por la vida con tantas certezas, no darle al otro la oportunidad de elegir. Por eso es que siento que Hannah Arendt habla por mí, que trato de despegar de todas las etiquetas, que me he pasado la vida diciendo que no tenía grupo de pertenencia, que no me gusta sentirme atada a ninguna institución. Ni siquiera como actriz quiero ser encasillada. Todo esto lo vivo sin la menor sensación de paria o de desclasada, sino simplemente de una independiente fuera de casillero, libre. Sin estar sujeta a nada ni a nadie. Y obviamente sin estar dispuesta a especular con alguna forma de trueque o de acomodo. Cualquier sospecha de condicionamiento me genera una rebeldía automática. Y esta obra, como te decía. ha generado en quienes la hacemos y en el público cosas muy buenas, emociones muy altas. Despierta un amor muy especial, no es una pieza más.





