Hannah Arendt y Alejandra Darín, un afortunado encuentro escénico

Por Moira Soto

Alejandra Darín.
Crédito Juana Ghersa

"Lo que ha sucedido puede volver a suceder": la premonitoria advertencia de la brillante filósofa, politóloga, periodista Hannah Arendt (1906- 1975) resuena con desgraciada vigencia en este siglo 21, en estos precisos momentos de amenaza a las democracias, de hechos de ilegalidad y crueldad crecientes por parte de las grandes potencias, de gobiernos talibanes, de un avance alucinante de la ultraderecha más reaccionaria, caprichosa y avasalladora.

Arendt, de cuya muerte a los 69 se cumplieron 50 años en diciembre pasado, fue una pensadora alemana -de origen judío- original, audaz, a contracorriente, inconformista, libre de toda atadura, que no le temió a la polémica. Tampoco al escándalo que produciría con su lectura de la historia del siglo pasado sobre los totalitarismos y, particularmente, su enfoque respecto de uno de los importantes burócratas del nazismo a través de su ensayo Eichmann en Jerusalén, Un informe sobre la banalidad del mal (1963). Célebre título cuya segunda parte suele ser harto citada (a menudo, en vano) por conductores y panelistas en la radio y la televisión locales.

Dicho libro ofrece un resumen y posteriores reflexiones acerca del proceso a Adolf Eichmann que HA cubrió in situ para la revista estadounidense The New Yorker. La autora se atreve a desafiar lo que se esperaba de ella: que retratase a un criminal monstruoso, incalificable en su alevosa maldad. Pero Arendt fue honesta desde su propia experiencia: ni loco ni enfermo, describió al acusado como un funcionario obediente y prolijo, que cumplió lo que el régimen nazi esperaba de él para que contribuyera a llevar a cabo la llamada "solución final". Sin pensamiento crítico, sin asumir responsabilidad moral, AE aportó eficientemente a la logística del genocidio sistemático, quizás con la ambición de conseguir un ascenso.

Hannah Arendt

Entonces, Hannah Arendt, para incomodidad y disgusto de muchos, dejó de hablar del mal radical para referirse a la banalidad del mal. Antes  y después de Eichmann..., ella escribió una serie de trabajos sobresalientes y muy influyentes en el XX, puestos nuevamente en valor y reeditados en el XXI. En sus obras menos conocidas -aunque hay que avisar que fue editada en castellano por El cuenco de plata, en 2020, Colección Registros- vale citar Rahel Varnhagen. La vida de una mujer judía: biografía escrita entre 1929 y 1933, que es citada en la obra teatral de Mario Diament, Un informe sobre la banalidad del amor. Aquella bío trata de la historia de una salonnière de fines del XVIII, comienzos del XIX, escritora alemana de origen judío que gustaba de reunir a autores, poetas, artistas, políticos, sin distinción de clases sociales ni de fe religiosa. Rahel se distinguió por su ingenio en la conversación, su intuición para la música y la literatura. En tiempos de guerra, organizó el cuidado de los heridos, reunió donaciones para las viudas y los huérfanos. Mantuvo una enorme correspondencia, a tal punto que se conservan 6 mil de sus cartas, muchas publicadas. Pero Rahel tuvo un conflicto con su identidad, trató de asimilarse, sufrió el antisemitismo. Cerca de su muerte, asumió plenamente su condición de judía. Una temática cara a Arendt que, doctorada en filosofía, estuvo una semana detenida por la Gestapo en 1933; liberada por un policía que simpatizó con ella, se exilió rauda en París, recaló en Portugal y finalmente se instaló en los Estados Unidos. Ya casada por segunda vez, encaró modestos oficios hasta que logró empezar a publicar notas en periódicos y, con el tiempo, producir libros y trabajar como docente universitaria.

Universidad de Heidelberg,
lugar del flechazo con Heidegger

La citada obra de Diament fue protagonizada de manera inolvidable, desde 2009, por la excelente actriz Alejandra Darín, con gran suceso de crítica y de público primero en el Cervantes y luego en otras salas hasta 2012.

Este 15 de enero de 2026 se está cumpliendo un año de la muerte de Alejandra, a los 62, luego de una descollante carrera que culminó -entre otros espectáculos- con Moscú, versión libre de Tres hermanas de Chejov, junto a su talentosa hija, Antonia Bengoechea (2028/2020); Copenhague (2020, Michael Frayn), A la izquierda del roble (2022, Pacho O'Donnel), Scalabrini Ortiz (2021/2023, Florencia Aroldi), Condolencias (2023, de Alicia Muñoz).

A continuación, la entrevista que tuve la suerte de hacerle a Alejandra Darín en mayo de 2010, en pleno apogeo de Un informe....


Alejandra y Hannah, estableciendo contacto en escena

Darín y Núñez en Un informe sobre la banalidad del amor

Sobre el escenario, una actriz se convierte en una pensadora a la que desconocía antes de interpretarla como personaje en una pieza teatral inspirada en los conflictivos amores de Hannah Arendt y Martin Heidegger, Un informe sobre la banalidad del amor, firmada por Mario Diament. Por esos misterios de la intuición y la transfiguración, sin duda cimentados en genuinos recursos interpretativos, Alejandra Darín, además sin semejanza física con la filósofa judía alemana –nacionalizada estadounidense– que inventó una nueva manera de pensar el mundo, encarna desde la mente y el corazón a Arendt en cinco escenas a través del tiempo (1925, 1926, 1930, 1933, 1950), que dan cuenta de su relación con ese filósofo tan genial como pusilánime, que tuvo complicidades con el nazismo. 

El título de la efectiva obra de Diament alude evidentemente a Eichmann en Jerusalén, Un informe sobre la banalidad del mal (1963), texto donde Arendt presenta al criminal nazi como un burócrata ordinario sobre todo interesado en hacer carrera, imagen de la ruina de la conciencia moral y política según la controvertida y singular pensadora, autora asimismo de obras capitales de la filosofía política de siglo XX (Orígenes del totalitarismo, La vida del espíritu, Una revisión de la historia judía, Hombres en tiempos de oscuridad) y asimismo de una biografía sobre Rahel Varnhagen, intelectual judía que se supo rodearse de los poetas más distinguidos y reconoció muy tempranamente el genio de Goethe.

Rahel Varnhagen

Sin haber leído todavía Entre amigas, el hermoso libro que reúne las cartas que se escribieron Arendt y Mary McCarthy entre 1949 y 1975 (editado por Lumen), Alejandra Darín refleja esa “vitalidad eléctrica” que maravillaba a la escritora sureña. Hannah y Mary se profesaron enorme cariño a través de 30 años, y en esas deliciosas misivas tanto discurren sobre la receta del café crème como se cuentan chismes, hablan de ropa o comentan los trabajos literarios o filosóficos que tienen entre manos. Tremendamente herida después de la muerte repentina de Arendt, McCarthy, tratando de dar una imagen de la especialísima inspiración de su amiguísima, dijo: “Hannah había oído una voz como la que habló a los profetas”. Y así recordó la primera vez que la había visto hablando en público: “Me hizo pensar en lo que pudieron haber sido juntas la Bernhardt, la Berma de Proust: una magnífica diva”.

En su estilo profesional, Alejandra Darín es lo menos parecido a una diva que pueda imaginarse en la farándula local, un espacio al que ni siquiera le interesa pertenecer. Darín ha hecho bastante tevé para ganarse la vida, se ha ido afirmando en el teatro, particularmente interpretando piezas de Diament: Esquirlas, El libro de Ruth, Cita a ciegas. Sin embargo, esta actriz no es exactamente la “musa” del escritor, como ha dado en llamarla cierto periodismo. De hecho, haber obtenido el rol de Esquirlas se lo debe en realidad a una situación de justicia poética: “Llegué a esa obra porque se bajó la actriz que había sido convocada en primera instancia. Y resulta que unos diez años antes, con esa misma actriz había hecho un programa de TV, y la padecí mal. Mi papá solía decir, sin ánimo vengativo, el clásico refrán ‘Siéntate en la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo’. Una figura literaria para expresar que las injusticias se reparan sin necesidad de salir a buscar revancha, porque la vida va reacomodando las cosas. Así que una década después de haber recibido ese maltrato horrible, se produce este espléndido resarcimiento...”

Y además tiene lugar tu encuentro con Mario Diament, que resultaría tan fructífero.

—Exactamente. Conocía Crónica de un secuestro y alguna otra obra suya, pero no a él personalmente, con quien mantengo ahora una amistad entrañable. Bueno, me llega Esquirlas, la empiezo a leer y no logro detenerme; me olvido de todo hasta llegar al final, conmovida hasta las lágrimas. Cuando pude parar de llorar, agarré el teléfono y lo llamé, ese fue mi primer contacto con Mario. Creo que sus obras, además de ser buenas para la escena, son literatura, las querés tener en tu biblioteca. Van a permanecer, fuera de modas y corrientes.


Parecería que, aun considerando las diferencias entre los personajes de este dramaturgo que has hecho, siempre encontrás una zona de identificación.

—Claro, porque una cosa es que un personaje te interese, te provoque, y otra que sientas que tiene un arraigo profundo en quien sos vos. Uno de los aspectos que más aprecio del teatro de Mario es la forma en que escribe sobre las mujeres, desde las mujeres. Con un conocimiento y una sensibilidad sorprendentes, libre de los habituales preconceptos.

Sin ponerte en la categoría de fetiche, que es lo que se suele hacer cuando un actor, una actriz repiten con un autor o un director, se podría decir que te has especializado en Diament.

—Sin duda se van sumando factores a favor que me predisponen, además de su interés sincero y de su buena fe hacia los personajes femeninos, figuran la calidad de sus piezas, el afecto que me acerca tanto... Mi sensación es que nado fluidamente en sus personajes, con soltura, naturalidad, sin dejar de percibir sus distintas facetas. E incluso te puedo decir que con la misma obra, aunque la interprete durante mucho tiempo, como es el caso de Un informe..., mi deseo de seguir haciendo ese personaje se mantiene muy vivo, función tras función, porque advierto que no se agota, siguen ocurriendo nuevos descubrimientos. El otro día le escribí un e-mail a Mario donde le decía que si tuviese que elegir un concepto entre los que se dicen en la obra, sería esa frase de Hannah al final en la carta: “Solo el amor es capaz de infundir razón a la existencia”. Poder pronunciar este pensamiento a un grupo distinto de gente cada vez, de gente que en general lo recibe abiertamente y se emociona, para mí, en lo personal es algo maravilloso, un verdadero privilegio. Algo que me justifica como persona, como actriz. Más allá de la apreciación personal que haga cada uno, creo que Un informe... habla del amor, de ese amor que básicamente tiene que ver con el perdón, con la piedad para con uno mismo, con comprender las razones del otro aunque no las compartas. En este caso, Martin Heidegger, gran amor de Hannah, con sus simpatías por el nazismo, su colaboracionismo por conveniencia que no pudo reconocer.

Esto de que cada función de teatro es diferente parece acentuarse en este caso...

—Es lo fantástico del teatro. Y no te cuento lo sublime que puede resultar cuando se produce esa alianza, esa convergencia entre el texto, los actores, el público. Esta obra —el texto, la puesta— ha generado en quienes la hacemos y en el público cosas muy hermosas, emociones muy elevadas. Despierta un amor muy especial, no es una pieza más.. Siempre con Osmar Núñez, antes de empezar la función, nos deseamos mutuamente “Buen viaje”. Porque es una travesía distinta siempre y hace falta un alto grado de concentración para que todo se articule. Pero cuando sucede, es una gloria, algo superior.


Encarar a un personaje histórico tan cercano, de tanto peso en el pensamiento contemporáneo, ¿supone un plus, una diferencia en relación con otros roles puramente ficcionales?

—Desde el vamos, nunca se me ocurrió hacer nada que tuviera que ver con la imitación ni en lo físico ni en lo gestual, sino más bien tratar de acercarme a su espíritu, a su personalidad. Obviamente, no me iba a doctorar en politología en tres meses, tampoco soy judía. Tenía que trabajar con mis recursos y, por suerte, la relación con Manolo Iedvabni, el director, y con Osmar Núñez, así como con todo el equipo de trabajo, fue y sigue siendo estupenda. Me metí en YouTube, vi a Hannah ya de grande en una entrevista, en otras grabaciones. Me concentré en percibirla, en encontrarle el tono interior. En esa charla tenía 50 y pico, y la noté muy moderna, desenvuelta, desfachatada para una época en que yo estaba naciendo y las señoras todavía tenían que ser modosas, aunque ya afloraba la generación que marcó la ruptura. Por eso, las de mi generación pudimos empezar a disfrutar cada vez más de esos logros de nuestras madres. Yo les estoy muy reconocida a esas mujeres, hablo de las más cercanas, como mi mamá y mi abuela, que nació el mismo año en que Hannah, y que se murió a los 101, hace un par de años, y supo ser un espíritu femenino poderoso. Debo decir que la Hannah que vi en YouTube no me sorprendió: esperaba encontrar a una mujer con semejante temperamento y ese brillo interior que no dependía de la alta posición académica que ocupaba en ese momento, sino de sus atributos de siempre, desde que era una niña. Es un personaje que me da la posibilidad de profundizar en zonas que me conciernen personalmente. Cuando ella dice en la obra: “Será por eso que siempre tuve la sensación de que mi verdadera patria era algo mucho más intangible”, me siento plenamente expresada. Porque la verdad, soy argentina por lugar de nacimiento pero no creo demasiado en la argentinidad; vengo de una familia católica pero yo no lo soy... No me parecen valores para apoyarme los nacionalismos, los dogmas, las fronteras. Creo que detrás de esas construcciones anidan las peores miserias humanas, los racismos, las intolerancias, determinados crímenes. Tampoco acepto que se les imponga a los hijos las propias creencias religiosas, si es que las tenés. Me parece mal educado andar por la vida con tantas certezas, no darle al otro la oportunidad de elegir. Por eso es que siento que Hannah Arendt habla por mí, que trato de despegar de todas las etiquetas, que me he pasado la vida diciendo que no tenía grupo de pertenencia, que no me gusta sentirme atada a ninguna institución. Ni siquiera como actriz quiero ser encasillada. Todo esto lo vivo sin la menor sensación de paria o de desclasada, sino simplemente de una independiente fuera de casillero, libre. Sin estar sujeta a nada ni a nadie. Y obviamente sin estar dispuesta a especular con alguna forma de trueque o de acomodo. Cualquier sospecha de condicionamiento me genera una rebeldía automática. Y esta obra, como te decía. ha generado en quienes la hacemos y en el público cosas muy buenas, emociones muy altas. Despierta un amor muy especial, no es una pieza más.


Arendt entrevistada en la TV de Alemania Occidental por Günter Gauss