Retorno ilusionado a Carmen Martín Gaite


Por Cecilia Sorrentino

Retrato de CMG, provisto a
Wikimedia Commons por una
escuela de arte y diseño

“Una vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”, canta Chavela. Y aunque su amigo de Úbeda la contradiga en otra canción: “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, yo regreso a Nubosidad variable, la novela de Carmen Martín Gaite, veinte años después.

Tiene algo de aventura. Quizás no recupere aquel estado de deslumbramiento pero también podrían suscitarse otros nuevos. Será un reencuentro con mis marcas y subrayados. Con quien yo era hace veinte años, cuando las incomodidades que Sofía Montalvo, una de las protagonistas de la novela, tenía con la vida eran un espejo de las mías. Si hasta en el camino de salida –lo ignoraba yo entonces- íbamos a coincidir.

Sofía Montalvo y Mariana León, las heroínas de Nubosidad Variable, también viven un reencuentro. Fueron amigas entrañables en el colegio, dejaron de verse a poco de comenzar la universidad, y vuelven a encontrarse treinta años después.

En esta lectura regreso a casa de Sofía y conozco cada cuarto. La misma disposición en los muebles de la cocina, el teléfono de línea junto a la mesita auxiliar. Y en casa de Mariana, su consultorio: un mirador que ella llama “la boca del lobo”. El diván, “con un solo brazo y rollito para apoyar la cabeza”, sigue en el mismo sitio.

Vuelvo al hotel junto al mar en Cádiz y, sobre todo, al chiringuito de la playa que atiende Rafa. Los lugares de ficción evaden los rigores del tiempo y siguen ahí, tal como los vimos por primera vez. Quizás porque, como decía Roland Barthes, la lectura es el texto que escribimos mientras leemos.

Retrato de infancia de CMG

Carmen Martín Gaite nació en Salamanca el 8 de diciembre de 1925. Este año se conmemoran cien de su nacimiento y 25 de su muerte, ocurrida en julio de 2000.

En plena Guerra Civil, Carmen cursó estudios de bachillerato en el Instituto Femenino de Salamanca. Dos de sus profesores, Rafael Lapesa y Salvador Fernández Ramírez, influyeron decisivamente en su vocación literaria (como en Nubosidad variable el viejo profesor lo hace con Sofía). En 1943 inició la carrera de Filología Románica, que culminó con Premio Extraordinario.

Escribió novelas, cuentos y relatos, ensayos y crónicas, dramaturgia, poesía, obras para lectores juveniles, traducciones e ilustraciones.

Menciono solo sus novelas: El balneario (1955) – Premio Café Gijón; Entre visillos (1958) – Premio Nadal; Ritmo lento (1963); Retahílas (1974); Fragmentos de interior (1976); El cuarto de atrás (1978) – Premio Nacional de Literatura; Caperucita en Manhattan (1990); Nubosidad variable (1992); La Reina de las Nieves (1994); Lo raro es vivir (1996); Irse de casa (1998); Los parentescos (incompleta, 2001).

En las novelas de C.M.G. hay motivos recurrentes: las historias de familias; el ámbito de la casa; la reflexión sobre los vínculos como clave para construir la propia identidad; el tiempo, que es tiempo narrado. Las marcas que hice en mi primera lectura de Nubosidad variable destacan este último tema.

Hay una * en lápiz junto a estas líneas: 

“para mí lo eterno es lo que no pesa, cuando el tiempo, de tan feliz que eres, pasa sin sentir”

Póstumamente, fueron publicados los Cuadernos de todo, bautizados así por Marta, la hija de Carmen, cuando era pequeña.

En esos cuadernos, la escritora apunta y explaya lo que se le ocurre al paso de la vida y de la escritura. Uno de los títulos con que se editaron fue El cuento de nunca acabar.

Son escritos íntimos elaborados a lo largo de casi cuarenta años y tienen una doble condición: por un lado registran los hechos y reflexiones de la autora en torno a lo cotidiano y, por otro, reproducen fragmentos manuscritos de sus novelas.

Recuerdo mi alegría cuando en la librería Fnac de Callao, en Madrid, encontré la edición de bolsillo de El cuento de nunca acabar. Ya había hojeado la edición original, pero tuve que dejarla por cara y por muy pesada. También ese día compré Irse de casa en edición de bolsillo.


Los libros de C. M. G. están inseparablemente unidos a los viajes por España que, en los primeros años de este siglo, hicimos mi hija y yo. Ella entraba en sus veinte, yo en mis cincuenta.

No recuerdo si en mi primera lectura de Nubosidad Variable, ella ya había dejado su mensaje secreto en la página 21. Quizás se trata de un reencuentro, pero me sorprende como si lo viera por primera vez.

Esto de los mensajes escondidos era un juego exclusivo entre nosotras. Nos dejábamos notas breves debajo de la almohada, cerca del cepillo de dientes, en el neceser de los cosméticos. La clave era sorprendernos. Continuar nuestra conversación cuando una de las dos estaba lejos de casa.

En el párrafo final de la página 21, algunas letras están rodeadas por un pequeño círculo de lápiz. Si enlazo esas letras, que aquí destaco con mayúsculas, aparece, en el mensaje que Mariana le envía a Sofía, otro mensaje destinado a mí: 

Claro que el paso del Tiempo puede borrar la misma noción del tiempo que crEíamos invariable. Segunda referencia: te estoy escribiendo a la luz de una lámpara Que también conoces. Es aqUella de mesa que tenía mI abuelo en su dEspacho, ¿te acueRdas?, una cOn pantalla de cristal verde billar por fuera y blanco por dentro, con soporte dorado. 

Sobre el margen inferior hay una G en cursiva seguida de un punto. El trazo inconfundible de la caligrafía de mi hija. El remitente abreviado de aquellos mensajes entre nosotras.

La amistad entre mujeres, las conversaciones reveladoras, la confianza del secreto compartido, en fin, esa suerte de complicidad que ahora nosotras llamamos sororidad, y de cuya potencia tenemos ya tantas experiencias, es un tema insistente en Nubosidad variable. No solo en el vínculo de amistad entre Mariana y Sofía, también en la escucha y la confidencia entre Sofía y sus hijas, con la amiga de su hija menor, con Daría, la empleada que trabaja en su casa.

Cuando en 2003 leí la novela, no conocía la Plaza de Santa Ana, en el centro de Madrid. En 2006, mi hija y yo nos alojamos a una cuadra. Entonces descubrimos a Federico con su alondra y comenzamos a desayunar siempre en la misma cafetería. La Plaza de Santa Ana se convirtió en el punto de partida de nuestras largas caminatas por Madrid. 

Autorretrato en forma de collage

En la novela, cuando Sofía se recuerda a sí misma adolescente, hay una escena que comienza en ese lugar. La imagen real borró de mi memoria la visión que tuve en mi primera lectura.  

Sofía se encuentra con una compañera que la invita a una fiesta; tiene el auto estacionado cerca. Esta vez sé algo que Sofía no: está a punto de conocer a su gran amor. La veo dudar y decidirse, al otro lado de mi cafetería y de Federico. A dos cuadras del sitio al que íbamos por unas tapas de gambas al ajillo, el mismo en el que una vez, me invitaron a pasar al otro lado de la barra para aprender a prepararlas. Ahora, la escena se ilumina sobre un velo de variadísimas nostalgias. Una de ellas me impulsa a saltar diez capítulos -los recuerdos que traman la historia en Nubosidad variable no están ordenados cronológicamente- para llegar al momento en que Sofía y Guillermo se conocen. Se van pronto de la fiesta y entonces él dice, “deteniéndose debajo de un farol, antes de besarme: ¿No te parece que ahora es siempre? Y fue cuando supe que aquel amor me iba a asesinar lentamente, porque no era para durar.

Queda contado lo único que puede transmitirse de una historia de amor: los preliminares. Que es donde estalla su verdadero fulgor”.

Nubosidad Variable es una novela epistolar. Luego del encuentro inesperado entre Mariana y Sofía, ellas prometen volver a verse en pocos días. Un viaje, una huida, de Mariana a Cádiz, posterga el encuentro. Se escriben cartas que no siempre envían, hasta que vuelven a reunirse y las leen juntas. Es la razón por la que la escritura se convierte en un tema sobre el que ellas reflexionan. Sofía, porque al fin reconoce que su vocación por la ficción ha sido sacrificada en el altar de la vida doméstica y las preocupaciones “reales” que tanto importan a su marido. Mariana, porque las cartas que escribe no solo avivan recuerdos sino que también despiertan su imaginación hacia posibles variaciones en la literalidad de los hechos. Podrían ser un primer paso hacia la creación de una novela, piensa.


Cuando leí por primera vez esas reflexiones, no sabía que pronto también yo me dedicaría a escribir. Que iba a convertir algunas de mis páginas de la mañana, en ficciones narrativas. Ahora, esos párrafos y reflexiones resuenan de una manera diferente y me llevan a hacer nuevos subrayados. 

“Y yo le digo que sí, que todo en el fondo es cuestión de palabras, de combinarlas, de jugar con ellas, es lo que tiene la literatura, que dicen que se acaba por culpa de los videos, pero eso no cuela, es un disparate, la gente sigue loca por inventar escritos que convenzan de algo o emocionen aunque sea mentira…”.

 En sus cartas, las dos amigas evocan, citan la literatura que frecuentaron en el colegio y después, durante los treinta años que no se vieron. 

“Ir de pordiosera es una frase correspondiente a lo que Natalia Ginzburg llama léxico familiar”, le explica Sofía a Mariana a propósito de un comentario de Eduardo, su marido. El párrafo está subrayado y un trazo con forma de óvalo rodea el nombre de la escritora italiana.

El epígrafe de la novela también es una cita de Natalia Ginzburg:

“Cuando he escrito novelas, siempre he tenido la sensación de encontrarme en las manos con añicos de espejo, y sin embargo conservaba la esperanza de acabar por recomponer el espejo entero. No lo logré nunca, y a medida que he seguido escribiendo, más se ha ido alejando la esperanza. Esta vez, ya desde  el principio no esperaba nada. El espejo estaba roto y sabía que pegar los fragmentos era imposible. Que nunca iba a alcanzar el don de tener ante mí un espejo entero.”

NATALIA GINZBURG, preámbulo a La ciudad y la casa.

Carmen Martín Gaite admiró profundamente a Natalia Ginzburg. Le dedicó artículos en los que reconoce una gran afinidad literaria y vital con ella. No llegaron a conocerse personalmente pese a los intentos de contacto que hizo Carmen. Suyas son las traducciones al español de Querido Miguel y Todos nuestros ayeres.

Llegué a Natalia poco antes de leer a C.M.G. En la obra de ambas encontré belleza e inspiración. El subrayado del párrafo en la página 18 de la edición de Anagrama tiene que ver con eso y también señala hacia algo más. Entre C.M.G. y yo existe también una complicidad. Ambas somos lectoras admiradas de la obra de Natalia Ginzburg. Pertenecemos a una misma tribu de lectoras y lectores. Ella no lo sabe, claro. Son míos el asombro y el gozo de esta magia. Una más, entre tantas que suele hacer la lectura.


CMG. Crédito collage Anagrama