Volante, hormonas y burocracia


Por Mariela Sexer

Manejar es algo que me enorgullece, creo que lo hago muy bien y disfruto mucho la libertad, la independencia y el poder que me da hacerlo.

Como señalé en la segunda entrega de La inspectora, mi newsletter, es muy significativa la diferencia de licencias de conducir otorgadas según el género en Argentina.

En Argentina, la conducción continúa siendo una actividad principalmente masculina. De las licencias vigentes a la fecha, solo el 35% pertenece a mujeres y en la vía pública sólo 2 de cada 10 ocupa el lugar de conductora en los vehículos. Sin embargo, durante los últimos años la participación femenina en la conducción demuestra una tendencia creciente. Entre 2019 a 2022 la emisión de la LNC para mujeres pasó del 28% al 31% y si se consideran solo las LNC originales el dato para las mujeres asciende al 40%. En cuanto a las clases de licencias vigentes a la fecha, cabe mencionar que casi 3 de cada 10 licencias clase A 1 (motos) corresponde a una mujer, dato similar a la participación de las mujeres en las clases B de autos (35%).

Yo formo parte de ese 31% hace más de 30 años. Hace dos semanas fui a tramitar la renovación. Cuando sos joven, el registro te lo otorgan por 4 ó 5 años, el paso del tiempo vital va achicando ese plazo y la preocupación cuando una va envejeciendo es aprobar el examen de vista y audición. El compañero Esteban Schmidt contó su experiencia en el trámite en uno de los últimos envíos de su correo. Con la ironía que lo caracteriza describió todas las peripecias que implica el asunto:

Mi primer box fue psicología, siempre el más emocionante porque una empleada municipal tiene el poder de diagnosticarte al punto de que no puedas manejar un auto. La señora, de remera azul, rulos negros, me preguntó que qué hacía; le dije “escritor”, para ver si sentía la asimetría; normalmente digo docente. Pero fue igual. Luego me preguntó si tomaba algún tipo de medicación para dormir, le dije que no, ja; que si consultaba psiquiatras, neurólogos, que no y que no. Si consultaba psicólogos, también preguntó, y a esa le dije que sí, me pareció que le daba verosimilitud a mi personaje. Me preguntó desde hace cuánto, le dije 30 años. Levantó una ceja, “y siempre el mismo”, le agregué, y esa lealtad la interpretó como un signo de salud por un mohín optimista que hizo parecido al arranque de una sonrisa, pero quise hacerme un poco más el vivo y agregué: “bueno, ni él ni yo hemos muerto”. Luego me dio unas tarjetas con dibujitos que yo debía reproducir tal cual en una hoja oficio que me dio. Así que dibujé con la lapicera, que también proveyó el gobierno municipal, puntitos, circulitos y meandros y, por último, dos heptágonos que me parecieron inequívocamente ataúdes y que se intersectaban entre sí, a la altura de las piernas.

Ella me informó mal, o de manera incompleta, pero luchó por hacerme creer que ella lo había hecho bien, que yo tenía que hacer estos dibujos considerando, además, la dimensión original, no solo cantidades y formas, y me quedé sin espacio para los cajones, pensaba dibujarlos en la otra faz. Ahí levantó la banderita del error: “na, na, na…”, dijo. Me pidió, entonces, que los dibuje al lado de otros de los dibujos, el que me parecía una secuencia del Space Invaders. Me hizo sentir que hacía una gran excepción. Y ahí, cuando terminé de hacerlo, me dijo “bueno, está bien” y, pudiendo callar, me diagnosticó: “hay presencia de ansiedad…”. Me regaló este párrafo, así que acepté. “Volvé al salón”, me dijo, dando por aprobado el examen psicológico.

[...] El estudio médico que vino después fue muy divertido porque consiste en negar patologías que la doctora canta rápido como en el repechaje de Feliz domingo. Me aclaró que las respuestas configuraban una declaración jurada que no te hacen firmar. Bien, después me hizo hacer equilibrio, a mí, que venía de hacer saltitos, que hago pliometría, que camino de noche esquivando juguetes, y la sorprendí con mi elasticidad cuando alcé la pierna. Otro diez.


Yo no tuve la misma suerte que Esteban. En parte. porque no fui tan viva como él y la mayoría de los que pasan por la renovación y, en parte, porque el sistema carece de todo sentido común.

Mientras esperaba mi turno, me admiraba de la pulcritud y la modernidad del CGP de Boedo (todos son así) de la buena organización y la celeridad de los pasos a seguir. También observe que éramos 3 mujeres esperando contra 6 y 7 hombres. Las estadísticas no mienten. Me llamaron del box de psicología, una empleada mujer (ahí se encendió mi primera alarma, las mujeres suelen ser más impiadosas con otras mujeres) me hizo algunas preguntas de rigor y me otorgó las tarjetas de la prueba de Bender (pensado originalmente para niños).


Le erré en la proporción de dos figuras, las repetí y ahí comenzó mi debacle. La chica empezó a hacer preguntas y yo olvidé que a todo tenía que contestar que no y cuando preguntó si estaba en tratamiento psiquiátrico conteste que sí. Que voy cada seis meses a una psiquiatra que me receta Fluoxetina para el síndrome premenstrual. Ella no tenía idea del tema (o fingió no tenerla para seguir hundiéndome). Tuvo que googlear la droga, y se ve que no encontró esto:

Durante una revisión de la literatura, no se encontró evidencia de deterioro de la conducción con fluoxetina


Siguió haciendo preguntas, le expliqué que solo lo tomaba en un período corto del mes y no siempre, y blablá. Paró el trámite, me dijo que me iba a llegar un mail con un certificado para que complete mi psiquiatra y que, una vez revisado el certificado, podía volver para seguir la renovación desde el puesto de visión.

El certificado no lo llena la psiquiatra con sus parámetros y su experiencia, está tipificado por un manual de procedimientos que tiene numerados los diagnósticos establecidos como aptos o no aptos para conducir. Por supuesto, el SPM no está entre las causas para estar medicado ni estar apto para la conducción. La psiquiatra tuvo que elegir el diagnóstico menos dañino “trastorno de ansiedad no especificado”.

La respuesta tardó cuatro días en llegar:

Como resultado de ello y según Manual de Procedimientos de la Dirección General Habilitación a Conductores, se determina la aptitud a conducir por un tiempo prudencial, pudiendo ser 6 meses o 1 año de vigencia de la Licencia de conducir, según corresponda.

Si pudiera expresar la furia que me dio este mensaje, no me darían el registro nunca más.

Varias lecciones aprendí de esta experiencia, el sistema está diseñado para que mientas. No hay adulto mayor de cuarenta años que no tome algún remedio y todo medicamento es sospechoso a la hora de querer conducir. No importa, como en mi caso, tener una sola multa menor desde la última renovación, que nunca me quitaron los puntos desde que se implementó el sistema, que jamás me secuestraron el auto, que no tomo alcohol, que hace 25 años que no protagonizo un choque. Y así podría enumerar todos los aspectos qué hacen que sea una buena conductora responsable. Ser mujer, estómago resfriado y tomar 20 mg de fluoxetina, me limita el periodo de renovación de la licencia de conducir. Seguramente si los hombres dicen lo que toman también serán castigados, pero en este caso yo tomo esa medicación por una cuestión hormonal que viene ligada a mi condición de mujer. Ya parto en desventaja. Algo huele mal en Dinamarca.


En pos de agilizar los trámites se adoptan procedimientos estándar que no tiene en cuenta las cosas importantes de la trayectoria de un conductor a la hora de volver a otorgarle la licencia y tampoco tienen en cuenta condiciones específicas de las mujeres. Frente a los funcionarios públicos deben sentarse ciudadanos astutos que nieguen cualquier patología porque, aunque no influyan para nada en la capacidad de conducir, serán puestos bajo la lupa, penados sin ninguna explicación razonable por tomar medicación y si es psiquiátrica, directamente se arrogarán el derecho de perdonarte la vida y darte el registro por un año, luego de treinta años de conducción intachable.

Las calles seguirán llenas de conductores alcoholizados, drogados, de gente que corre picadas, que va por la banquina en la ruta, que supera ampliamente los límites de velocidad, que no pone el guiño cuando dobla, que acumula multas por estacionar en la rampa de discapacitados, que va a 20 por el carril rápido y así hasta el infinito, pero seguro no declararon que toman un remedio: entonces tendrán la gracia del registro por cuatro años.

Érica Borda, chofer de colectivos desde 1999.
Foto Candelaria Lagos /Télam

Fragmento de una nota publicada en La inspectora, newsletter de Mariela Sexer