¿Broncearse? ¡Un quemo!

Por Guadalupe Treibel


Me entero tarde -por puro despiste- y siento la obligación moral de descular el asunto para quienes todavía se rompen el coco buscando la forma segura de quedar color canela: el bronceado saludable no existe. Es un oxímoron, un verso. Resulta que eso que llamamos “colorcito” es, en términos médicos, la respuesta a un daño: la piel produce melanina para defenderse porque la radiación ya empezó a dañar el ADN de sus células. Traducido: si cambió el tono es porque hubo una agresión previa. Ni hace falta ponerse roja como un camarón ni llegar a las ampollas dolorosísimas. Para más inri, el protector solar no blinda para echarse felizmente a la parrilla: ataja parte del impacto pero no suspende las leyes de la biología.

Y pensar que, ya antes de recurrir a manuales de dermatología, me lo pensaba dos veces por la memoria de pantalla. Recordaba, por ejemplo, a la vecina de Loco por Mary, Magda, que de tanto insistir con el sol devino una pasita de uva humana, poco menos que cuero curtido en absolutamente todas sus regiones (se ve que hacía topless en la playa). Hay otros terrores que, aunque improbables, abonan a la advertencia: tal el caso de Kramer en Seinfeld que, en su afán por el bronceado perfecto, decidió que la manteca era el mejor ungüento para su solárium de terraza, logrando un rostizado a punto que despertó los instintos caníbales de su vecino Newman.  

¡Qué opio! Y yo dale que dale con “broncearme”, con “tostarme”; María Belén y Alejandra dirían, con razón, que soy de la mersada. Estos personajes de Landrú, que condensaron como nadie el esnobismo de la clase alta porteña de los 60, tenían su propio léxico para marcar estatus: lo regio, gordi, era “quemarse”; lo demás, un quemo. Entre la preocupación de que los pobres invadieran Saint Tropez, el yoga y asolarse, a estas chicas de Barrio Norte no les quedaba tiempo para nada, para nada, para nada; ni siquiera para el hobby de moda (criar chinchillas). 


¿Nadie les avisó a las bienudas que, en verdad, lo de cambiar de tono la piel las hubiese puesto en lo más bajo de la pirámide social en siglos anteriores? Como siempre, no hay nada dado; la Cultura -así en mayúscula- mete la cola... Durante milenios, la palidez fue el carné de identidad de ricos y aristócratas que se libraban del trabajo manual y la exposición a los rayos. Ser blanco de toda blancura (al punto de revocarse griegos y griegas con pigmentos venenosos como el albayalde, a base de plomo) significaba, básicamente, no tener que romperse el lomo a la intemperie; tostarse involuntariamente era cosa de esclavos o campesinos.  

Recién en el XX empezó a darse vuelta la tortilla. Médicos e higienistas sacaron los cuerpos pudientes al aire libre y el sol dejó de ser castigo para volverse medicina. La palidez quedó encerrada en las fábricas, mientras que los baños de sol y de mar se volvieron el souvenir de los que tenían tanto cash que gozaban de un lujo inconcebible: tiempo libre. Tiempo libre que, avanzado el siglo, se fue democratizando (un cacho) con las luchas de los laburantes y los nuevos derechos adquiridos; entre los cuales, las vacaciones pagas y el ocio cronometrado que habilita, unos días al año, destinos playeros, campestres, de montaña, etcétera. 

Pero antes de la masa, estuvo la musa: en los años 20, Coco Chanel -cómo no- selló el cambio de era tras dorarse de más en un crucero por el Mediterráneo y encender la moda. “Creo que pudo haber inventado el bronceado. En aquella época, lo inventó todo”, la opinión de un amigo de la modista, el príncipe Jean-Louis de Faucigny-Lucigne. La comercialización de los primeros aceites para un tostado parejo le dan la diestra; por ejemplo, Chaldée, del perfumista y estilista francés Jean Patou, en 1927. Un mejunje sin protección contra los rayos UV, por supuesto: el índice UV para advertir los peligros de la radiación solar, después de todo, recién se inventó en los 90s, cuando empezamos a escuchar las chicharras ecológicas y, por default, la creciente preocupación sanitaria por los peligros del exceso de exposición.  


Para exceso de azúcar (y de la quemada), ahí está Le coup de soleil, ese hit de 1980 donde Richard Cocciante compara un amor perdido con una insolación brava que lo atonta, lo afiebra, lo deja marcado. Para exceso de metáfora, nos queda el filósofo Bernard Andrieu -autor del ensayo Bronzage, Une petite histoire du soleil et de la peau-, convencido de que broncearse es, ante todo, una “experiencia cósmica” porque el sol es la única estrella con la que dialogamos a través de la radiación. Aunque si hablamos de excesos imperdonables, et voilá las 14 mil toneladas de protector solar que vertimos al año en los océanos, intoxicando ecosistemas enteros en nuestro afán de no despellejarnos. Una última desmesura, si se me permite, de bolsillo: el precio de los protectores buenos que te dejan frita antes de siquiera sacar la billetera (pueden andar en los 50 mil pesos). 

Ojo, no sean malpensadas, damiselas, que este no es un llamado al vampirismo o a adquirir la blancura del mármol de la extasiada Santa Teresa de Bernini. Antes de que tiren la toalla y se encierren en un sótano, sepan que la exposición controlada sí que es necesaria, y aquí vuelvo a ponerme mi ambo de cotillón para pasar info verificada. La OMS recomienda entre 5 y 15 minutos, dos o tres veces por semana, en horario no pico; lo justo para que el cuerpo haga lo suyo -sí, la famosa vitamina D- sin pagar el precio. 

Y si es por pura estética, allá cada una con sus decisiones informadas; al fin y al cabo, el libre albedrío también incluye el derecho a quedar como un jamón crudo. Pero ya que sigo con el guardapolvo puesto, les paso el machete: péguenle un vistazo a la piel de tanto en tanto, amíguense con la dermatóloga y saquen a pasear el gorrito y la sombrilla. Dénse una tregua inteligente con el cosmos: un ratito de sol para los huesos, y mucha sombra para que el rostizado a punto quede solo en los sketches de Seinfeld.