Instructivo para ordenar un costurero

Por Florencia Bendersky


100 Damiselas. Hemos recorrido un largo camino, muchachas, parafraseando a los varones publicistas de los años 70 con el fin de vendernos a las mujeres cigarrillos (y habrían dicho casi cualquier otra cosa con tal de inducirnos a comprar otro producto). Pero en el caso de Damiselas, es real el extenso recorrido de este espacio, con mi casi continuo acompañamiento dentro del universo literario que se fue construyendo entre sus damiselas firmantes y las/os lectores/as. Personalmente, les agradezco el espacio y la risa. Dicho lo cual, retomo la sintonía habitual de nuestros encuentros. En la ocasión les contaré mi procedimiento acerca de un asunto elemental y en extremo práctico para sus vidas cotidianas: las leyes básicas para ordenar un costurero.

Imaginan bien: no soy fanática ni del orden ni de la costura. Entiendo que no me crean la persona adecuada para hacer esta reseña, pero se trata de un suceso real que -estoy convencida- merece unas líneas con el objeto de dar a conocer en profundidad la travesía que me llevó a ordenar mi costurero. Ocurrió hace unos meses. Eran las 12.30, y por estar en casa y no haber sido yo la persona que hizo las compras, me tocaba preparar el almuerzo. El menú menos pensado: albóndigas suecas. Sigo comprendiendo el desconcierto de ustedes al descubrir que también soy capaz de cocinar.

Antes de ponerme en los menesteres propios culinarios, pasé por el dormitorio y me di cuenta de que las pastillas de magnesio que comencé a tomar por consejo de mi ginecóloga en pos de aliviar los temas propios de la menopausia -los calores, la falta de concentración y la osteopenia incipiente- se me habían terminado el día anterior. Me pareció recordar que en mi cartera, dentro del pequeño nécessaire color cobre que suelo llevar a todas partes, me quedaba un blister.

Fui a buscarlo pero lamentablemente no lo encontré. En cambio, me topé con el nuevo espejito que me había llegado con la compra de un protector solar que adquirí porque ya no se puede salir al mediodía sin untarse la cara. El espejito es cuadrado, finito y va dentro de un pequeño estuche de cuero beige, con una orejita del mismo material que permite su extracción. Me parece muy funcional, a tal punto que no pude evitar usarlo en ese momento, mirarme en él. La imagen es nítida y no necesito ponerme los anteojos para verme, lo que es en verdad algo milagroso teniendo en cuenta el tamaño del espejo y mi presbicia. 

Entonces recordé que, previamente, yo ya tenía un espejito en ese bolso. Uno redondo que me había quedado de un viaje a Chile cuando, en el hotel donde paraba, pedí  por favor hilo y aguja para coser alguna prenda de mi guardarropa precario de viaje. Algo se me había roto justo antes de salir hacia una reunión.

Me dieron un costurerito de turista con el susodicho espejo, una aguja y algo de hilo. La verdad es que yo no coso muy bien. En mi casa, mi abuela, mi mamá y mis tías cosían por la gracia de las escuelas de monjas a las que había asistido. Pero yo, hija de un señor judío, fui al colegio del estado (por aquello de religión y estado, asuntos separados).

En algún momento mi abuela me compró un coso para bordar (no recuerdo cómo se llama el coso y me niego a buscarlo ahora en google), pero ese objetivo no llegó nunca a buen puerto. Mi tía Elena era la que me bordaba las bolsitas para ir al jardín, y mi tía Marta en algún momento me hizo un solero, pero nadie se tomó seriamente la iniciativa de enseñarme a coser algo más que un botón. De todas formas, con los años y la edad adulta, terminé teniendo un costurero que fue creciendo conmigo.  Al encontrar el espejito redondo del costurerito de viaje, vacío ya de aguja e hilo, pensé que en vez de descartarlo podía volver a darle utilidad: completarlo, para salir del paso en caso de que mi vida o la de alguien dependiera de una costura de urgencia (arrebatos de Mac Gyver que suelo tener).

Volví, pues, al dormitorio y busqué la caja cuadrada negra que otrora contuvo unas tazas de café muy monas y que, a falta de una buena lata de bombones lo suficientemente grande, se había convertido en mi último costurero. Pero, cuando lo abrí, me encontré con el puro caos. Una maraña de hilos de colores adheridos a unos filamentos de plata que alguien alguna vez me dió como proyecto de joya, con la intención que yo lo usara como collar. Debajo de la maraña asomaban botones a granel sueltos (teoría: creo que los botones en los costureros tienen vida y se reproducen en orgías secretas donde engendran nuevos botones que nunca se parecen a los botones que los gestaron). 

Como cabeza de proa, emergía una aguja chica con un pedacito de hilo verde, recordatorio de que en algún momento algo de ese verdor, que ahora me parecía inmundo, fue parte de mi ropa. A un lado, dos pares de hombreras, separadas por trozos de elástico, cordones gruesos y delgados de diversos materiales, una cinta corta de raso negro y otra todavía mas corta de un inquietante animal print. Más abajo aún, las punteras de unas plantillas blancas junto a un pedazo de encaje de hilo antiguo, un cierre marrón claro y una constelación de ganchitos negros machos y hembras. Dispersos por el fondo de la caja, carreteles de hilos de colores variados, algunos a punto de extinguirse. Encontré una tijera que no cortaba y una pequeña trincheta miniatura que escondía el filo en un contenedor de lata con el dibujo de un pez en azules y ocres. Las agujas estaban enganchadas por todas partes, en los carreteles, en trocitos de tela... Toda una colección de agujas de mil tamaños aguardando ser rescatadas. Me quedé unos minutos absorta en la infinitud contenida en una caja de diez por cinco centímetros convertida en un Aleph de elementos textiles sexualizados.

Tomé coraje y corrí a mi computadora a escribir este relato para que no se me olvidara la experiencia fantástica nacida del caos. En ese momento los seres que conviven conmigo me preguntaron: ¿Y la comida? Ah, la comida, eso era lo que había empezado a hacer pero mi dispersión, producto de mi cerebro menopáusico tenía otros planes. Con la mesa desbordada del contenido del costurero, decidí pedir un delivery de empanadas y dedicarme amorosamente a reconstruir con esmero mi costurero, desenredando, enroscando, guardando y tirando. Quedó divino. Sin pretensiones, prolijo. También tomé una aguja y un ovillito de hebra de hilo blanco y lo coloqué en el costurerito de viaje, dentro del neceser color cobre y desde luego, volví a mirarme en el espejito milagroso.

No sé cuándo volveré a necesitar coser o cocer algo, pero tengo un costurero ordenado. Y si, el día de mañana, mis biógrafos vienen a casa a revisarlo, encontrarán más que  apropiados los dichos de Bernarda Alba: Hilo y aguja para la hembra, látigo y mula para el varón. Pero estoy segura que en las primeras páginas de ese libro se leerá: "Pero miren qué bien, esta señora cuántos deliverys tenía".