Por Sonia Novello
“Ser abofeteado teniendo las manos atadas detrás de la espalda
es algo que no le deseo a nadie”.
Amadeo Novello. Diario de guerra.
La mirada de mi papá era casi siempre grave y atormentada. Los ojos muy claros y como allá atrás de un velo. O apenas cerrados como para apuntar bien lejos y clavarlos en el infinito. Con cierta presunción de la experiencia de vida, con dolor y orgullo, parecía decir: “Yo, sufrí”. Siempre que posaba para una foto, se le notaba el peso de hacerlo para la posteridad, para que en él se viese todo él. Es que en ese hombre viejo se confundían el pasado de guerra y el presente de eterno inmigrante. La expresión de su rostro podía contener la severidad y la dureza del busto de mármol de un prócer, pero también la conmoción por el dolor, el propio y el ajeno.
Era italiano. Un cavaliere della patria, dice el diploma. También podía tener algo de alemán: gozaba de componer esa rigidez del idioma y de la postura corporal. También un toque de lord inglés: un caballero correcto que con sobria pompa hacía gala de conocer muy bien sus distinguidos gestos. Y de yugoslavo: su pasado de guerra lo transitó bastante en esas tierras y nombraba con frecuencia “Yugoslavia” acentuando y estirando las últimas dos sílabas como evocando cada vez toda la llanura, todas las montañas y las etnias que ahí conoció. Y asimismo podría pasar por norteamericano: le gustaba alardear de cómo fluía en el manejo del slang y hacerse el cowboy.
También era dueño de una mística cercana a la de un Robinson Crusoe: tranquilamente se lo podría imaginar viviendo en la selva, de la caza y de la pesca, manejando hábilmente ramas, maderas para resolver alguna necesidad “doméstica” y cotidiana. Y a veces su imagen, su estar por momentos podía perfectamente asociarse a un poeta solitario, bohemio y mujeriego, aferrado al presente y al alcohol como un Charles Bukowsky.
Este eccehomo, acomodaticio y conciliador, fue además un fugitivo, un héroe veterano de la Segunda Guerra Mundial: cuando Italia depuso las armas, fue prisionero de los alemanes y se escapó. Lo volvieron a capturar -despojándolo de casi todo, incluso de su diario personal- y él, con otros más, volvió a escapar y fue capturado de nuevo por la milicia croata. Esta vivencia y otras más escalofriantes las cuenta en su diario de guerra.
Novello. Amadeo Novello. Así le gustaba presentarse a mi papá. Nació en 1920, en la ciudad pueblerina de Udine, de la región del Friuli, al noreste de Italia. El menor de cinco hermanos y el único que migró después de terminada la contienda con las conocidas, devastadoras consecuencias para el país. En el año 1948 llegó a la Argentina, donde lo recibió un primo que ya vivía acá.
“Il bello” como le decían en su pueblo natal, allá por su primera juventud en la que parecía poseer singular belleza; era, además, algo inseguro y egocéntrico. Muy histriónico… Trágico. Caballeroso. Poético en la forma de mirar, algo barroco para escribir y moralista en el decir. Adulador. Protocolar. Autodidacta en varias disciplinas que se deleitaba en cultivar: la caligrafía, el dibujo, la fotografía, las aves (crió palomas y cotorras), los idiomas, el canto -especialmente en inglés-: imitaba a los crooners del momento (Bing Crosby, Frank Sinatra). Y, asimismo, de muy joven incursionó en el español: cantaba “Caminito”, “Yo tengo una vaca lechera”, sin imaginar que ese sería el idioma que hablaría por el resto de su vida.
El diario que escribió a mano apenas llegó a su casa, después de la guerra en el año 1946, es un registro auténtico de esa época, con pasajes que no dan respiro, en el que cuenta vivencias estremecedoras.
“No lloré, aunque percibía que estaba en camino a la locura y, sin embargo, no viendo otra salida me resigné a mi fin. Pensaba en los familiares… Pensaba en las balas que habrían horadado mi piel, carne, huesos. Esperaba que tuviesen puntería: corazón o cabeza…”.
Imágenes y sensaciones que transmiten todo el tiempo el horror de lo que veían sus ojos, el pavor por la muerte inminente y también el renacer, el milagro: contaba más de una fecha como celebración de su nacimiento. La más significativa fue cuando sobrevivió de casualidad al bombardeo de la ciudad de Dresden (en el momento en que las milicias lo entregan a los alemanes, éstos lo mandan como mano de obra esclava a esa ciudad). En uno de los bombardeos más devastadores de esa guerra, el refugio donde él paraba quedó totalmente destruido con la primera oleada de bombas incendiarias. Pero en ese momento él, convencido por otro, se había refugiado en un hotel que resultó ileso. El escritor Kurt Vonnegut también se encontraba en esa ciudad como prisionero de guerra y fue uno de los pocos sobrevivientes, resguardado en un frigorífico. "Dresden fue una gran llamarada. La llama destruyó todo lo orgánico, todo lo que pudiera quemarse", escribió en su libro Matadero Cinco.
Hasta el anochecer escondidos en una zanja, pasar hambre y cenar una rata, encontrarse en el camino a una mujer colgada con la lengua afuera de color violácea, tener la ropa llena de piojos, ser despojados de la ropa de invierno y quedar semidesnudos en medio de una nevada, el golpe de la culata en las espaldas, el hostigamiento, ver compañeros desfallecer en el camino, sentirse desfallecer, saberse al límite entre la vida y la muerte todo el tiempo. Anécdotas de ese viaje del que jamás se regresaría igual.
“Eeee la vida, la muerte”. Así sin la conjunción, era una respuesta posible de mi papá a algunas preguntas o cuestiones mundanas. Sin nombrar la peripecia, él siempre volvía a ella. Y se la podía ver en su mirada de hombre viejo.
Este texto obtuvo una mención en el Concurso literario 2025 del Gobierno de la ciudad titulado "Vínculo entre generaciones" y fue publicado en formato electrónico.
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