Un cavaliere della patria

Por Sonia Novello

“Ser abofeteado teniendo las manos atadas detrás de la espalda

 es algo que no le deseo a nadie”.

 Amadeo Novello. Diario de guerra.


Su primera fuga fue una noche estrellada. Cuenta que avanzaban arrastrándose por tierra solo cuando las nubes tapaban la luna. Es que esta iluminaba demasiado el borde de la carretera de pedregullo llena de barro y de pozos de la zona de montaña por la que se desplazaban, bajo el cielo de Yugoslavia.

La mirada de mi papá era casi siempre grave y atormentada. Los ojos muy claros y como allá atrás de un velo. O apenas cerrados como para apuntar bien lejos y clavarlos en  el infinito. Con cierta presunción de la experiencia de vida, con  dolor y orgullo, parecía decir: “Yo, sufrí”. Siempre que posaba para una foto, se le notaba el peso de hacerlo para la posteridad, para que en él se viese todo él. Es que en ese hombre viejo se confundían el pasado de guerra y el presente de eterno inmigrante. La expresión de su rostro podía contener la severidad y la dureza del busto de mármol de un prócer, pero también la conmoción por el dolor, el propio y el ajeno.  

Era italiano. Un cavaliere della patria, dice el diploma. También podía tener algo de alemán: gozaba de componer esa rigidez del idioma y de la postura corporal. También un toque de lord inglés: un caballero correcto que con sobria pompa hacía gala de conocer muy bien sus distinguidos gestos. Y de  yugoslavo: su pasado de guerra lo transitó bastante en esas tierras y nombraba con frecuencia “Yugoslavia acentuando y estirando las últimas dos sílabas como evocando cada vez toda la llanura, todas las montañas y las etnias que ahí conoció. Y asimismo podría pasar por norteamericano: le gustaba alardear de cómo fluía en el manejo del slang y hacerse ecowboy.  

También era dueño de una mística cercana a la de un Robinson Crusoe: tranquilamente se lo podría imaginar viviendo en la selva, de la caza y de la pesca, manejando hábilmente  ramas, maderas para resolver alguna necesidad “doméstica” y cotidiana. Y a veces su imagen, su estar por momentos podía perfectamente  asociarse a un  poeta solitario, bohemio y mujeriego, aferrado al presente y al alcohol como un Charles Bukowsky.

Este eccehomo, acomodaticio y conciliador, fue además un fugitivo, un héroe veterano de la Segunda Guerra Mundial: cuando Italia depuso las armas, fue prisionero de  los alemanes y se escapó. Lo volvieron a capturar -despojándolo de casi todo, incluso de su diario personal- y él, con otros más, volvió a escapar y fue capturado de nuevo por la milicia croata. Esta vivencia y otras más escalofriantes las cuenta en su diario de guerra.


Al comienzo de lo que fue la guerra más grande de la historia, lo destinaron a la ciudad de Pliejve (en la ex Yugoslavia, hoy Bosnia Herzegovina). Habían salido en tropa de combate envueltos en ráfagas de viento helado y temperaturas que oscilaban entre 20 y 25 grados bajo cero. Nevaba sin parar y vadearon riachos a pie, siempre bajo la orden de mantener las armas preparadas. En esa ciudad tuvo la suerte de poder desempeñarse como radio telegrafista, gracias a sus conocimientos previos -se había capacitado en el alfabeto Morse- e incluso pudo cumplir la órden de  enseñar a otros el oficio. La guerra estaba en auge en toda Europa y en el norte de África. 

Novello. Amadeo Novello. Así le gustaba presentarse a mi papá. Nació en 1920, en la ciudad pueblerina de Udine, de la región del Friuli, al noreste de Italia. El menor de cinco hermanos y el único que migró después de terminada la contienda con las conocidas, devastadoras consecuencias para el país. En el año 1948 llegó a la Argentina, donde lo recibió un primo que ya vivía acá.

Il bello” como le decían en su pueblo natal, allá por su primera juventud en la que  parecía poseer  singular belleza; era, además, algo inseguro y egocéntrico. Muy histriónico… Trágico. Caballeroso. Poético en la forma de mirar, algo barroco para escribir y moralista en el decir. Adulador. Protocolar. Autodidacta en varias disciplinas que se deleitaba en cultivar: la caligrafía,  el dibujo, la fotografía, las aves (crió palomas y cotorras), los idiomas, el canto -especialmente en inglés-: imitaba a los crooners del momento (Bing Crosby, Frank Sinatra). Y, asimismo, de muy joven  incursionó  en el  español: cantaba  “Caminito”, “Yo tengo una vaca lechera”, sin imaginar que ese sería el idioma que hablaría por el resto de su vida. 


Un apasionado por la naturaleza y por todo lo que en ella sucedía. Admirable su capacidad de asombro por pequeños descubrimientos y el disfrute que le causaban. Amaba la noche al aire libre, lejos de la ciudad. Disfrutaba de quedarse regando el parque descalzo hasta altas horas, arrastrando una manguera  pesada y larguísima. Y algún vaso de vino.

El diario que escribió a mano apenas llegó a su casa, después de la guerra en el año 1946, es un registro auténtico de esa época, con pasajes que no dan respiro, en el que cuenta vivencias estremecedoras.

“No lloré, aunque percibía que estaba en camino a la locura y, sin embargo, no viendo otra salida me resigné a mi fin. Pensaba en los familiares… Pensaba en las balas que habrían horadado mi piel, carne, huesos. Esperaba que tuviesen puntería: corazón o cabeza…”.

Imágenes y sensaciones que transmiten todo el tiempo el horror de lo que veían sus ojos, el pavor por la muerte inminente y también el renacer, el milagro: contaba más de una fecha como celebración de su nacimiento. La más significativa fue cuando sobrevivió de casualidad al bombardeo de la ciudad de Dresden (en el momento en que las milicias lo entregan a los alemanes, éstos lo mandan como mano de obra esclava a esa ciudad).  En uno de los bombardeos más devastadores de esa guerra, el refugio donde él paraba quedó totalmente destruido con la primera oleada de bombas incendiarias. Pero en ese momento  él, convencido por otro, se había refugiado en un hotel que resultó ileso. El escritor Kurt Vonnegut también se encontraba en esa ciudad como prisionero de guerra y fue uno de los pocos sobrevivientes, resguardado en un frigorífico. "Dresden fue una gran llamarada. La llama destruyó todo lo orgánico, todo lo que pudiera quemarse", escribió en su libro Matadero Cinco.


Otra fecha inolvidable para él, que adoptó como de  “renacimiento”, sucedió cuando, en plena fuga, fue descubierto, junto a otros, por un grupo de bandoleros que al servicio de los alemanes se ocupaba de capturar a los italianos perdidos en esas montañas, luego del armisticio de Italia. Pero la barba crecida de mi papá les hizo dudar, creyendo que era derechista. Y por ese detalle, desistieron de matarlos. Increíblemente una vez más la suerte maniobró a su favor. Era el 18 de diciembre de 1943. Tenía 23 años. Para él una segunda celebración de nacimiento que, mientras vivió, recordó cada año.

Hasta el anochecer escondidos en una zanja, pasar hambre y cenar una rata, encontrarse en el camino a una mujer colgada con la lengua afuera de color violácea, tener la ropa llena de piojos, ser despojados de la ropa de invierno y quedar semidesnudos en medio de una nevada, el golpe de la culata en las espaldas, el hostigamiento, ver compañeros desfallecer en el camino, sentirse desfallecer, saberse al límite entre la vida y la muerte todo el tiempo. Anécdotas de ese viaje del que jamás se regresaría igual.

“Eeee la vida, la muerte”. Así sin la conjunción, era una respuesta posible de mi papá a algunas preguntas o cuestiones mundanas. Sin nombrar la peripecia, él siempre volvía a ella. Y se la podía ver en su mirada de hombre viejo. 


Este texto obtuvo una mención en el Concurso literario 2025 del Gobierno de la ciudad titulado "Vínculo entre generaciones" y fue publicado en formato electrónico.