Mi Rob Reiner privado


Por Moira Soto

Narrador de varios cuentos románticos fílmicos para gente adulta, persona muy querida en la farándula hollywoodense y más allá, comprometido activista del partido demócrata, Rob Reiner -como es muy sabido por la difusión que tuvo la noticia- fue víctima de la muerte más horrible que pudiera tener alguien de sus quilates. Una jugarreta malvada del destino que, en general -salvo a individuos desalmados como el “presidente” actual de los Estados Unidos-, costó asumir.

Rob -que siempre se había llevado tan bien con su padre Carl, exitoso comediante- fue asesinado a cuchilladas por su propio hijo Nick, adicto, enfermo mental. Asesinada también su gentil esposa Michelle (madre del matador), Estelle Reiner, cantante y actriz que protagonizó aquel momento glorioso al pedirle al mozo “lo que ella está tomando”. Ella, Meg Ryan sobreactuando el celebérrimo orgasmo en un poblado bar. Rob, por su lado y en su veta de actor, entre otras muchas cintas donde intervino, hizo un inefable aporte en El lobo de Wall Street, discutiendo una cuenta elevada en un restorán…

RR fue un hacedor de películas que, con mayores o menores aciertos, en plan de comedia o en clave dramática, te daba habitualmente -según los casos- ciertas esperanzas: en el triunfo de la bondad, la decencia, la justicia, la conquista de la felicidad.

 Películas, algunas, que se podían mirar una y otra vez con sonrisas trufadas de emoción.  Primero en el cine, luego en la tevé, en VHS, en DVD. Y de nuevo en la tevé por cable… Como me pasó a mí con, particularmente, Mi querido presidente. Al igual de lo que les sucede a los niños con los cuentos de hadas, que los quieren escuchar, leer y ver proyectados infinitamente, cuando la pescaba por el cable -desde el principio o, mediante el zapping, por la mitad- no podía (con perdón) soltarla, resistirme a su hechizo.

En la tan desdichada ocasión de la muerte de Rob fueron muy citadas otras de sus cintas: de Cuando Harry conoció a Sally a Misery, sin olvidar Cuenta conmigo. En las notas que aparecieron en los diversos medios, nadie parecía acordarse con cariño de la del presidente y Miss Wade. De modo que aquí vengo a reparar esa injusticia.

Miss Wade en la camisa del presidente

Por si no la vieron y por si la vieron y quieren refrescarla, he aquí un resumen: 1995, Andrew Shepherd es un presidente demócrata que ha enviudado y tiene una hija de unos 10; él está en su tercer año de mandato, abocado a nuevos proyectos de ley y listo para la campaña de su reelección, rodeado de su fiel equipo. Uno de los temas que le importan es el calentamiento climático cuando justo conoce a la carismática Sydney Wade (divina Annette Bening), abogada ambientalista que trabaja para una importante organización ecologista. El presi queda prendado, la letrada no le va en zaga. Sabemos de memoria lo que va a pasar en una comedia romántica norteamericana: acercamiento, choques, malentendidos, gran reencuentro final. La cuestión es cómo te lo cuenta el amigo Rob, con su calidez, su gracia, su buen corazón. Esta vuelta, con un trasfondo de causas nobles (hoy peligrosamente desdeñadas, negadas por el ¿gobierno? del país del norte en curso). Guiño pícaro: en el arranque, cuando el presidente y su comitiva hacen su entrada allá al fondo de un largo pasillo, en primer plano, a la izquierda de la pantalla, hay un negro corpulento, acaso un custodio, fumándose un pucho que presuroso hace desaparecer para de inmediato hacer lo mismo con su persona. Nunca más sabremos nada de él.

 A saber: Shepherd quiere proponer un control de la venta y posesión de armas de fuego para frenar la violencia y desalentar la delincuencia. Miss Wade tiene su propio proyecto para achicar las emisiones de carburantes que producen polución ambiental.

Naturalmente, el primer mandatario -encarnado con soltura y convincente autoridad por Michael Douglas- cuenta con su grupo de inmejorables colaboradores, a cargo, a cargo nada menos que de Martin Sheen, Michael J. Fox, Samantha Mathis, David Paymer (uno de esos eficaces tercera fila que nos llevan a la pregunta: ¿cómo era que se llamaba?), Anna Deavere Smith. Annette Bening se defiende sola, con su propia luz interior irradiando de continuo. El villano, imprescindible para que resplandezca el Bien, es un senador republicano mala leche, que hoy parecería casi un santo, en manos del bueno de Richard Dreyfuss, haciéndose odiar a conciencia pura.

El discurso del presidente

Cumpliendo con los códigos del género, luego de iniciada felizmente la historia, hay un encontronazo entre el presidente y la ambientalista, ella es atacada por el senador que saca a relucir su pasado de militante capaz de quemar una bandera y que lanza la sospecha de que hubo intercambio de favores; cierta prensa no aprueba el romance porque Shepherd se está saliendo del rol de viudo doliente. Total, que Miss Wade se las toma cuando el gobernante debe dar su discurso del estado de la Unión. Pero resulta que antes, él pasa por la sala de prensa y se manda un speech donde asume con hidalguía sus principios, arriesgando la reelección; anuncia el proyecto que enviará al Congreso exigiendo la reducción del 20 por ciento en las emisiones de combustibles fósiles. “Lejos”, remarca con firmeza, “la resolución más fuerte para revertir los efectos del cambio climático, del calentamiento global”. Y avisa que la otra legislación en marcha tenderá a la disminución del delito: “No se puede abordar la prevención sin eliminar las armas de asalto, esas pistolas que considero una amenaza para la seguridad nacional. Iré puerta por puerta si fuera necesario, pero voy a convencer a los estadounidenses de estas razones, y estoy seguro de que entregarán sus armas. Mi nombre en Andrew Shepherd y soy el presidente de este país”.

¿Qué tal? ¿Cómo les suena en esta etapa del trumpismo belicoso en que reina la polarización extrema, la brutalidad del lenguaje, la mentira descarada, la ausencia de respeto por acuerdos internacionales?

Un presidente como AS, no solo enamorado de Miss Wade sino afecto a sus principios, que tiene conducta en una película que está cumpliendo 30 años -escrita por Aaron Sorkin- que no se podría hacer hoy en los Estados Unidos del ICE, la codicia por el petróleo y otros bienes ajenos, la ambición imperialista de sumar territorio a un país enorme que ya está sufriendo las consecuencias del desastre ambiental, y donde cada tanto varones jóvenes llevan a cabo matanzas en centros de estudio portando armas permitidas de grueso calibre.