Escribir contra toda adversidad (estrepitosa)

Por Teresa Donato


Cuando estudiaba en la facultad, preparando el examen de etnografía -el más difícil de la carrera-, hubo un día que, entre fichas, fotocopias, libros, café, puchos y la Olivetti portátil celeste, me dije: “Esto es lo que quiero hacer toda la vida”. Mientras estaba leyendo y escribiendo en silencio encerrada en mi habitación, las horas no pasaban. Me veo tal cual, como si estuviera viviéndolo ahora.

En otro momento, leyendo a Baudelaire, imaginé que escribir era algo así como sentarse en un bar coqueto de París, beber una copa de vino y esperar que llegara la inspiración. Esa era mi fantasía por aquel entonces. Pero mi realidad resultó muy distinta. Obviamente, salvando todas las distancias.

Cuando arranqué en el periodismo, de la mano de la gran directora de revistas femeninas Ana Torrejón, tardaba siglos en escribir una nota: siempre me faltaba algo para darla por terminada y la corrección era eterna. Ya, al entrar en la redacción, me topé con una inesperada novedad: contar todo en 400 caracteres. “Siempre se puede escribir más corto”, me explicó Ana ante mi reclamo y excusas. Así fue como me transformé en una especialista en la asignatura “achicar”. Y cuando se trata de cortar sin perder contenido, hago alarde de mi don natural para la edición.

Ni hablar de las fechas en que empecé a escribir telenovelas. Fue en el 2005, año en que Marcela Citterio me sumó a su equipo de Amor en Custodia. La tira fue un exitazo, llegó a medir 26 puntos de rating a las dos de la tarde. Un material transversal que aún hoy es producto de memes. Nos reuníamos todos los días a las 14 y terminábamos a las 22. Los fines de semana siempre había algo que hacer. A veces, nos juntábamos a la mañana a pensar ideas o armábamos hijuelas porque diariamente alguien tenía un problema en la Panamericana, se engripaba, el nene no tenía escuela, etcétera...  De este modo, cuando faltaba un actor o una actriz, se volvían a escribir sus escenas a la carrera para no atrasar la grabación.

Baudelaire y ciertas musas iban quedando cada vez más lejos.

Y qué decir del momento en que me tocó sentarme a escribir mi primer libro: Desaparecida dos veces. Las miles de páginas de desgrabaciones, los audios, libros y papeles con apuntes tenían que encontrar alguna forma literaria organizada después de dos años de acopio e intenso trabajo. Había llegado la hora de sentarme concentrada en paz y, por fin, tener la presunta vida de una escritora.

Pues no. Al lado de mi casa se estaba -aún se está- haciendo un edificio con constructores desconsiderados y abusivos que, alardeando de su impunidad, enloquecieron (y siguen enloqueciendo) la vida de la cuadra y aledaños desde octubre del 2023. Mi libro fue escrito con una abominable banda sonora que incluyó taladros, mazazos, músicas a todo volumen, percutores, camiones cementeros que regaron el frente y todo lo que pudieron con cemento y cascotes voladores. Ruidos desesperantes, agotadores desde antes de las 8 de la mañana. Muy lejos del sueño del coqueto bar parisino, de que apenas pude salvar alguna copa de vino.

Ser escritor en una ciudad como Buenos Aires y en un barrio como Villa Crespo puede ser una tortura que no para ni durante el fin de semana porque, aunque el gobierno de la ciudad tenga reglas claras que indican que el trabajo debe terminar a las 13 horas, las empresas hacen lo que se les canta y los inspectores parecen mirar para otro lado. Ni hablar de llamar a la policía, que suele llegar sin los papeles para labrar un acta y que, cuando no les abren la puerta, se retiran frustrados. ¿Denunciar en la fiscalía? Otro gesto inútil que no lleva a nada, te piden los datos, sí sí, bla bla y luego ni noticias. ¿El vecino? Parecería no importarle a nadie…

Me pregunto si el señor Intendente Jorge Macri, además de hablarle de forma poco amable a la gente en sus reuniones barriales, imaginó la posibilidad de que le construyan durante meses un gran edificio junto a su casa ahora que está por ser padre nuevamente. ¿Será que aguanta 12 horas de ruidos molestos, piedras, obreros que pasan por su techo sin control, gozando de vaya a saber qué tipo de protección mientras su futuro bebito intenta dormir?


Nada más apropiado que experimentar en carne propia lo que vive la inmensa mayoría para saber de qué va ese sufrimiento. Lo mismo vale para la salud, la educación y el transporte públicos: si los políticos que se llenan la boca con demagogia a modo de enjuague bucal probaran tomar el Sarmiento en horas pico o pasar por una guardia de enfermeros y médicos cansados y mal pagos, probablemente las cosas serían distintas.

Actualmente en CABA las obras en construcción pueden martirizar a los vecinos durante doce horas diarias, y hasta las 13 o incluso las 15 (si piden permiso especial) los días sábados. De esta manera fue que perdí el 50 por ciento de la audición del oído derecho y comencé a sufrir de tinnitus (acúfenos). Es decir un sonido ensordecedor de chicharras que me cantan constantemente en el oído, y no solo al sol como las de la canción.

Así y todo, logré escribir mi libro porque la pasión supera todos los escollos. Y afortunadamente con Desaparecida... ya en librerías me puedo ocupar de hacer justicia. Porque alguien le tiene que poner freno legal a este maltrato al vecindario y hacerles saber a los responsables que quien ríe último, siempre ríe mejor.


La exitosa obra teatral Mi vida anterior, de Teresa Donato y Denis Smith, escrita a partir del libro de no ficción Desaparecida dos veces, vuelve a la cartelera en Dumont 4040 a partir de marzo. La reseña de Moira Soto en DiarioAr se puede leer aquí.