Por M.S.
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| Fernando Martín Peña. Foto Directores AV |
Si hay en la actualidad un representante cabal de la cinefilia -ese amour fou sin medida por el llamado séptimo arte-, esa persona es, a no dudarlo, Fernando Martín Peña. Alguien que desde muy joven se dedicó al cine como quien entra en religión, cumpliendo una vocación sagrada con entrega absoluta desde los 8, cuando recibió de regalo de su padre un proyector de super 8.
Con el tiempo, FMP se decantó por oficios allegados: crítico, docente, investigador, coleccionista, divulgador y, desde luego, como popular -entre cinéfilos y noctámbulos en general- y ahora añorado presentador durante largos años del ciclo Filmoteca (que devino en la Filmoteca online). Peña fundó y codirigió la revista Film (1993/1998), creó la Filmoteca de Buenos Aires en forma independiente junto a Octavio Fabiano, dedicada a la preservación de materiales fílmicos, a la que se sumó su amigo (gran cinéfilo) Fabio Manes, programando ciclos y más ciclos por doquier.
Desde 2002, nuestro Fernando es el impecable responsable del área de cine del Malba, donde con eclecticismo y su ya proverbial erudición programa ciclos diversos, rescata estrenos argentinos que no encontraron lugar en salas comerciales, o que -inmerecidamente- pasaron casi inadvertidos por el Gaumont.
Todo ello, mientras acrecienta y cuida celosamente -rollo a rollo- su filmoteca privada y se hace mágicamente de intervalos para escribir una serie de libros. Entre los cuales, Gag. La comedia en el cine (1991), Cien años de cine argentino (2012), Cine maldito (2012). Y más recientemente, Cine argentino. Hechos, gente, películas. 1896-1958 y 1959-2024 (Luz Fernández Editora, 2024). Todos muy recomendables, con un acento especial para Diario de la Filmoteca (Blatt y Ríos, 2023) que cualquier persona cinéfila puede tener sobre la mesita de luz del dormitorio o la ratona del estar, abrir en cualquier página en cualquier momento y encontrarse con data sustanciosa y comentarios ilustrativos, ingeniosos, benévolos o malévolos, según el tema de turno en sus más de 420 páginas.
En Sueños, su última producción en forma de libro, FMP revela zonas de su inconsciente a través precisamente de sus sueños -estructurados como un lenguaje según Lacan-, que fue anotando sistemáticamente antes de olvidarlos, cuando una exnovia hablaba dormida y lo despertaba. Sueños (primorosa edición de Híbrida, 2025) remite al cine de manera delirante y divertida, con toda la libertad del soñar; pero también a otros asuntos como los seres queridos de Fernando que han abandonado este planeta y con quienes se reencuentra con suma felicidad.
El rayo fílmico que no cesa
Hacia fines de 2025, esta cronista amante del cine se mandó, con espíritu inquisitivo, a la sala Hasta Trilce (Maza 177, Almagro, con amplio bar bien atendido y decorado, precios razonables, butacas de verdad en el teatro alternativo que también ofrece espectáculos de música). Pagó su entrada por un film misterioso que se daba ese martes a las 19 y se la entregó en mano al mismísimo organizador, proyectorista, presentador que, desde el escenario avisó que se iba a pasar en fílmico La reina africana (1951). Un golpe al cuore de la susodicha cronista que había visto esa magnífica cinta de John Huston, con Katharine Hepburn y Humphrey Bogart -ya maduros y generando increíble química- varias décadas atrás. Razón de más para volver la semana siguiente, el mismo día y a la misma hora y con igual secreto respecto del título. Y toparse con una auténtica rareza, Convicts 4 (1962), única realización del guionista Millard Kaufman, con -atenti, gente cinéfila- Ben Gazzara, Rod Steiger, Vincent Price, Ray Walston, Stuart Whitman, Broderick Crawford. En b y n, basada en la insólita historia real de John Resko, un tipo que mata para obtener un oso de peluche para su hijita de dos años, la noche de Navidad. Es condenado a muerte, le llega el indulto a último momento, y estando en prisión se revela como artista visual, lo descubre un reputado crítico (¡Price!), lo liberan y prosigue la carrera iniciada en prisión.
Esta muy incitante oferta de FMP despegó en 2019, cuando venía programando en Hasta Trilce una serie de ciclos minuciosamente preparados que empezaron a flaquear de público, en parte porque el día que le podía ceder el local no era el más apropiado. Perdido por perdido, hizo un intento definitivo. Se dijo: "Voy a programar lo que se me cante y lo voy a anunciar como película sorpresa, con calidad garantizada". Y hete aquí que el martes siguiente promocionó dos funciones, a las 19 y a las 21, con sendas películas diferentes, cuyo título se develaría justo antes de empezar la proyección. Films que no volverían a pasarse nunca.en esta propuesta bautizada Peña sin cadenas.
Y funcionó, vaya si funcionó: la sala se llenó de gente curiosa, aficionados/as que querían saber de qué se trataba cada martes. Ya en la primera semana de enero 2026, mes en que excepcionalmente Peña sin cadenas va los miércoles, para retomar los martes en febrero, en la primera función, colmada, Fernando anunció desde las tablas uno de los mejores films de Steven Soderbergh, Vengar la sangre. ficción acerca de la revancha que se toma Wilson, un ladrón profesional inglés determinado a dar con el asesino de su adorada hija, a la que lo ha unido un amor entrañable. La chica, siempre preocupada por el oficio de Wilson, se aleja enojada cuando él vuelve a caer en la cárcel por 9 años. Al salir de prisión, frente a la noticia de la dudosa muerte de su Jenny, él viaja a los Estados Unidos en busca de lo que considera hacer justicia. Un espléndido laburo de Terence Stamp, que murió en agosto de 2024, motivo por el cual fue homenajeado por Peña sin cadenas.
Y ya que estamos, Damiselas también reverencia el talento de este excelente actor inglés, aludiendo brevemente a su carrera.
Un marinero, una lady, un duro vengador
Cuando, recién platinado, lo filmó una cámara enamoradísima en su espectacular debut cinematográfico como el angélico marinero protagonista de Billy Budd (1962), a los 22, Terence Stamp -estudiante de teatro por ese entonces- descubrió que podía ser considerado bello y glamoroso. Lo de la actuación, en cambio, siempre dijo que se lo debía a su madre: a los 9, el chico Terence estaba aterrorizado porque tenía que elegir un poema para recitar en el colegio delante de toda la clase. Con un nudo (marinero) en el estómago, no pudo comer los huevos fritos con papas ídem, su plato favorito que su mamá le había preparado en el modesto hogar del barrio obrero donde vivía la familia Stamp (su padre era fogonero ¡en un barco!). Al darse cuenta del estado de desesperación del niño, ella buscó rápidamente un poema de Chesterton (“¿Puede un hombre subir al monte Olimpo/ y creer que está contemplando Primrose Hill?”) y le indicó cómo debía decirlo: “Cuando llegué a la clase, seguí exactamente esas instrucciones y, por única vez en mi vida, me saqué un sobresaliente”.
Terence Stamp se volvió una estrella fulgurante en los ’60. Hizo, entre otros films, El coleccionista (1965) de William Wyler, Lejos del mundanal ruido (1967) con Julie Christie, su más que hermosa novia por un tiempo; Teorema, de Pasolini y el episodio Toby Dammit -dirigido por Fellini- del largo Historias extraordinarias (ambos de 1968). Y en los ’70 realizó un doble viaje hacia afuera (la India, Bali, el Japón) y hacia adentro (“me decía que tenía que haber algo más que drogas, chicas lindas, buena ropa y buena comida”) del que volvió todavía más bello y elegante, también más contemplativo. Y supo aceptar filosóficamente roles secundarios por debajo de sus merecimientos, si bien se dio el gustazo de estar en Encuentros con hombres notables, de Peter Brook, en 1977.
Stamp siempre mantuvo una relación entrañable con su madre, que murió cuando él estaba filmando en los Estados Unidos una comedia mediocre (Legal Eagles). “No pude llegar a tiempo a mi casa y me estaba ahogando en el dolor. Algo me decía que tenía que escribir mis recuerdos como hijo para encontrar un centro. Y como tenía largas esperas en ese rodaje, me puse a anotar en la parte de atrás de las páginas del guión. No podía parar, era como mercurio que se me salía de las manos. Escribir fue bueno para poder dominarme, no romperme. Fue como una terapia que me ayudó a soportar tanta pena”. Sin embargo, asegura, no era su intención publicar esos textos, pero un amigo vino a su casa, los leyó y le dijo que ahí había un libro. Ese primer volumen autobiográfico se llamó Stamp Album, y fue seguido de otros dos tomos (“que me ayudaron a reparar problemas del corazón”), Comino Attractions y Double Feature. Al menos, en 1986, lo llamó Michael Cimino para un papel importante en El siciliano, un film descompensado, es verdad, pero a lo grande.
En los ‘90, Terence Stamp tuvo tres buenas oportunidades de hacer cine y no las dejó pasar. Incluso la primera, en 1993, se la buscó él mismo al saber que Pilar Miró estaba por filmar la novela de Antonio Muñoz Molina, Beltenebros, sobre un hombre que había estado en la Guerra Civil Española y volvía para vengarse. Stamp consiguió una cita con Miró, charlaron de cualquier cosa y al despedirse él le musitó al oído: “Haré todo lo que me digas, volveré cuando tú quieras”. La dura Pilar siempre reconoció que él la cautivó, y que estuvo insuperable en ese film.
Al año siguiente, después de publicar una novela -The Night-, TS aceptó ser Bernadette, una maravillosa travesti en Las aventuras de Priscilla, la reina del desierto, road movie musical en pleno desierto australiano, atravesado por un autobús rosado, rebosante de plumas y lentejuelas. Hugo Weaving y Guy Pearce lo acompañaron como dos transformistas, pero Stamp siempre tuvo clarísimo que él hacía a una mujer en el cuerpo de un varón.”Nada que ver con lo que hicieron Tony Curtis, Dustin Hoffman, Robin Wiliams, cuyos personajes se vestían de mujeres llevados por las circunstancias. Bernadette es una mujer en serio”, declaró después de hacer de su chica que sufre por amor una verdadera lady.
Finalmente, en 1999, TS recibió un exquisito regalo de Steven Soderbergh: el rol de Dave Wilson en Vengar la sangre (The Limey, título que evoca a los marineros ingleses que debían chupar lima para protegerse del escorbuto), refinado y melancólico thriller neonoir. No es de sorprender que, preguntado por sus referentes en materia de actores, Terence Stamp -un clásico por donde lo miren- mencione a “esos intérpretes que dejaban un espacio, un vacío a llenar por el público”, como Gary Cooper, Montgomery Clift y ¡Gene Tierney!

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