Sumergirse en un Monet

Texto y fotos: Silvina Quintans

El puente japonés inmersivo en el Colón y original en Giverny

Aunque estábamos en primavera, hacía frío la mañana que recorrimos Giverny.  Los turistas nos sacábamos fotos entre laberintos de flores, nenúfares flotantes y sobre el famoso puente japonés. Jugábamos con la ilusión de estar en un cuadro de Monet.  Había que cerrar bastante el foco para lograr la fotografía instagrameable; si lo abrías se veían miles de visitantes haciendo fila para sacarse la misma foto, conversando a los gritos, acomodándose en algún ángulo en el que no se vieran los demás. Tengo muchas fotos con el foco cerrado, en las que aparezco sola, aunque alrededor circulara una multitud.


En 1883 Claude Monet se mudó a Giverny, a 80 kilómetros de París, donde vivió los últimos 40 años de su vida.  Habían pasado 11 años de su cuadro Impresión, sol naciente que revolucionó la historia de la pintura y dio origen al movimiento impresionista.  Los jardines de Giverny fueron concebidos como un lienzo vivo que inspiraría sus cuadros pintados en plein air: el Clos Normand (Jardín de Flores), con sus 38 parterres rectangulares con distintas especies y el Jardín de Agua, donde están los famosos nenúfares.

En ese jardín a medida el pintor plantó hace 150 años su caballete para retratar los distintos matices del color y de la luz. La idea era retener el momento, captar lo único del instante, aquello que nunca se repetiría. “A veces me siento impotente ante tanta belleza”, escribió. Pensaba en esto mientras me acomodaba con paciencia para la foto, trataba de repetir los nombres de las flores o recorría en fila india los innumerables ambientes del caserón restaurado del artista.

El furor por la selfie tal vez surja de la misma urgencia que tuvo Monet por retener el tiempo. Pero en su caso la experiencia de retratar la experiencia podía durar horas o días en los que también cambiaba lo que quería mostrar.  La foto es el “click”, la posibilidad de retener la imagen en el mismo instante. Como si cumpliéramos el sueño de sumergirnos en la obra de arte, como si camináramos entre los colores pastel de Monet, pero la experiencia siempre es menos luminosa que la foto. La foto, esa porción de experiencia sin aroma, sin sonidos, sin turistas, con el foco cerrado y el filtro de los colores perfectos.

Casona de Monet

Monet llenó de flores su jardín y hasta creó un estanque para después reproducirlo en su búsqueda de perfección, escribió que buscaba “encontrar el punto de vista perfecto inmerso en la vida real”. También habló de captar la perfección del temblor del aire, eso que se ve en sus pinceladas, en la luz dubitativa, en los reflejos. Sus cuadros son intentos desesperados por detener el tiempo, aunque en su lugar creó nuevas experiencias, tantas como las miradas que aún se concentran en sus pinturas.  

¿Qué significa el instante? ¿Por qué esa desesperación por retenerlo? ¿Qué pasa con el cuadro cuando el paisaje no está?. Me preguntaba todo esto con algo de fastidio mientras cerraba el foco en la mañana fría de Giverny y me pregunto lo mismo este mediodía de enero en Buenos Aires, con el calor que hierve el asfalto y el aire acondicionado a tope en el subsuelo del Teatro Colón.


Monet inmersivo, así se llama la muestra en el Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC) que abre con un “selfie point”: el puente japonés con su curva perfecta sobre el piso de cemento alisado, unos focos cenitales y las barandas cubiertas de flores de plástico. Avanzamos por las penumbras del subsuelo entre reproducciones de cuadros impresionistas y escenografías montadas para la foto como si fueran trigales a la luz el día. Nos prestamos al juego de las fotos, incluso viene una mujer vestida de dama antigua con una sombrilla para dar un efecto más “realista” a la experiencia.

Nos hablan de técnicas, de pinceladas impresionistas pastosas y sueltas, pero no hay un solo cuadro original.  Walter Benjamin definió el “aura” como la cualidad única e irrepetible de una obra de arte original, ligada a su historia, a su autenticidad. Todo aquello que se pierde en las reproducciones, en lo que llamó la “reproductibilidad técnica”, pero que a la vez logra que muchos que jamás podrán ir al museo a ver los originales puedan tener contacto con la obra.  

¿Cuánto del “aura” de Monet se puede ver en este subsuelo? Me lo pregunto sentada en un puf en la sala inmersiva mientras en las paredes y en el piso aparecen proyectadas imágenes que reproducen más o menos fielmente los cuadros originales. Hay algunas flores que parecen sacadas de un estampado de cortina y que sospecho que fueron una licencia del creador del espectáculo. Poso para la selfie con las imágenes proyectadas sobre mi cara y me filmo mientras escucho una voz grave que reproduce pensamientos sueltos del pintor: “Para ver debemos olvidar el nombre de las cosas que estamos mirando”.