Mi padre lee

Por María José Eyras

A Ciro Ramón Eyras, 1932-2019


Detrás de la ventana, junto al fuego, mi padre lee.

Si pienso en él, lo veo así, leyendo, la cabeza gris detrás del vidrio. Es una visión fugaz, apenas un segundo, la de mi padre, sentado de espaldas, en su casita de fin de semana, en un barrio cerrado de la zona Sur. Pero está allí, leyendo como cada sábado, junto a la chimenea, al fuego que él mismo ha encendido, cuando paso en bicicleta, rauda, entre la hora de la merienda de mis hijos y la cena. 

Mi padre lee. Rara vez literatura, una novela que le recomiendan, el regalo de un amigo. La mayor parte del tiempo son libros en torno a cuestiones de su especialidad, el derecho laboral. O lee filosofía del derecho o temas de política o relativos al marxismo. De chica lo encontraba inclinado sobre el escritorio, frente a un grueso libro abierto al medio, y levantando apenas la cabeza, me decía: “Marita, estoy estudiando El Capital”. Después, en la mesa, nos explicaba largamente el concepto de plusvalía y por qué, en la apropiación de ese valor por parte de los patrones, se asentarían todas las injusticias del mundo. 

Mi padre lee y también compra libros. Recibe un vendedor en su estudio y a veces llega a casa con libros destinados a nosotros: El Quillet de los niños, en seis tomos, la colección Un paseo por la casa, en cuatro. Un día me llama aparte y saca del portafolios, uno a uno, veinticuatro libros rojos. No puedo creer mi suerte, no sé qué le ha dado a mi padre, no es mi cumpleaños ni nada, pero los primeros tomos me fascinan y sigo leyendo toda la colección.  Se trata de las Travesuras de Naricita, el personaje creado por Monteiro Lobato que entonces nadie conoce a mi alrededor. Mucho más tarde lo reencontraré mencionado en el cuento “Felicidad”, de Clarice Lispector.  

Mi madre se queja, “cuánto dinero se gasta este hombre en libros y después la plata no le alcanza”, y “nosotros no somos ricos para ayudar tanto a los de Claridad”.   

Mi padre compra libros y revistas de arte en cantidades, que no sé si lee. Recorro una y otra vez las páginas de las revistas y los libros que reproducen obras de Renoir, Monet, Van Gogh, Gauguin, Toulouse Lautrec y sueño con pintar así.

Mi padre compra los libros de Aguilar en papel biblia, y me convida de allí a Oscar Wilde, Thomas Mann. Manda hacer una biblioteca de pared a pared, y acepta albergar más libros de otras bibliotecas heredadas de parientes, libros de tapas ocres con títulos de un oro desteñido y páginas que comienzan a crujir. De tanto en tanto, toma del estante uno de esos libros, lo hojea y dice “éste… habrá sido de Quito, el tío de tu madre”. 

Mi padre y mi madre leen los libros del boom. A casa llega la obra de Cortázar, desde Los Premios en adelante. Llegan las obras de García Márquez, Vargas Llosa y El reino de este mundo. Andan por ahí, esos libros, basta tomarlos y encerrarse en el cuarto hasta que el sueño llegue, a las tres o las cinco de la mañana.

Mi padre lee a Álvaro Yunque que también, como él, milita y está conmovido por las penurias de la gente pobre y trabajadora. Me lo presenta, me regala sus libros de cuentos habitados por héroes humildes y populares –que siento ajenos– y me da a leer también su primera lectura, Corazón, de Edmundo de Amicis –que no entiendo por qué le ha gustado tanto–. Más tarde me acerca un ejemplar de tapas grises del Robinson Crusoe que aún conservo. Por él llego a las fantasías visionarias de Julio Verne, porque de ahí proviene su nombre Ciro, de Ciro Smith, el ingeniero, protagonista de La isla misteriosa que impresionó a mi abuelo. 

Mi padre me regala Dailan Kifky, de María Elena Walsh y la voz de la narradora, su frescura y su buen humor me hacen desear, acaso por primera vez, encontrar también, una voz propia, devenir una narradora de veras.  

Mi padre me pasa Las venas abiertas de América Latina, de Galeano, y veo ríos de oro y plata robados que viajan en miles de barcos. Más tarde comprendo por qué se afirma que la historia la cuentan los vencedores.

Mi padre compra las publicaciones del Centro Editor de América Latina. Libros, revistas, fascículos. Mi hija recoge ese material y lo digitaliza para que sea preservado por AHIRA, Archivo Histórico de Revistas Argentinas. A mi padre le hubiera gustado saber que su colección de Capítulo, ahora, es accesible a quien desee consultarla.

Mi padre, a veces, abre un libro y se lee a sí mismo en una dedicatoria meliflua y romántica.  Al encontrarse en esas palabras, dedicadas a mi madre cuando eran novios, las relee en voz alta y me dice, entre la sorpresa, la perplejidad y quizá con cierto orgullo: “Estas cosas le escribía yo a Juanita”.

Mi padre y mi madre leen a Juan José Saer. Lo admiran, lo siguen. Viajan a Santa Fe a visitar la zona, literal y literaria, tocan la puerta de una casa donde vivió, saludan a los familiares de Saer que los atienden. Gracias a ellos, cae en mis manos El río sin orillas y, por primera vez, me enamoro de una prosa que reconozco diferente a todo lo que he leído antes. 

Mi padre lee en su Estudio, cada vez más, cuando el trabajo va decayendo.

Mi padre subraya. Con intensidad, con líneas de gruesa birome. También escribe alguna cosa en los márgenes, signos de admiración, carcajadas. Encuentra en los textos razones para seguir, sostener sus luchas, confirmar sus ideas. 

Siempre del lado de los trabajadores, como les dice.

Mi padre lee fallos para su actividad profesional, jurisprudencia, me explica. Cuando tiene que iniciar una demanda escribe sus argumentos con vigor, con entusiasmo. Teclea rápido, exaltado. Luego vendrá la mano de mi madre: la corrección de sus faltas de ortografía, errores de puntuación. 

De tanto en tanto, mi padre escribe.  Escribe algún artículo para la Revista, como llama a la de la Asociación de Abogados Laboralistas. Dice: escribí una cosita, nada importante, como quien no quiere la cosa. Es que en mi casa la vara artística y literaria está muy alta y hay bibliotecas en todos los cuartos. 

Cuando todavía es joven, a mi padre se le retoba un ojo. “Lo tengo para el lado de Chile”, dice. Consulta especialistas, padece y por fin encuentra un oculista que lo opera. Le enderezan el ojo y sigue leyendo. 

En algún momento, mi padre hace un cerramiento en la terraza para tener su escritorio. Y allí van a parar, a una estantería de tablones y bloques, algunos cuántos libros que no deben verse, porque hay una dictadura y autores como Engels o Lenin acaso nos traigan problemas. Pero nadie viene. Sólo una vez entran ladrones, dan vuelta y tiran todo, abren todos los cajones, se fastidian. Porque ellos buscan armas, dinero y joyas y “en esta puta casa”, le dicen a la empleada, que han amordazado y atado a la cama, “no hay nada, puro libro”. 

Ya casada, mis padres suelen preguntarme qué quiero para mi cumpleaños. Una vez les pido la Historia de la vida privada, en diez tomos y otra vez, En busca del tiempo perdido, en siete. Cuando, ante la consulta, les digo que quiero una colección de libros, las dos veces se repite la misma escena. Mi madre dice que hay que ver cuánto cuestan. Mi padre, con un gesto de la mano, barre las objeciones sobre la mesa: “Hija, si Usted quiere esos libros, nosotros se los vamos a regalar.

Mi padre decide dejar de manejar y , si ya no maneja, lo lógico, inevitable, es vender la casa de fin de semana.

Ahora, los sábados, mi padre lee en Buenos Aires.

Cuando llegamos a visitarlos, está sentado en el sillón del living, entre el piano y una mesita oval sobre la que hay un velador y un busto de mármol. “¿Sabés lo que estoy leyendo, Marita? Mirá…” Y a menudo es el único interlocutor que siento interesado en hablar conmigo cuando la reunión avanza y los gritos familiares suben de tono.  Con el tiempo, los libros van a volverse, cada vez más, nuestro único tema de conversación. 

Mi padre lee a Martín Kohan porque le regalo sus libros y se entusiasma. 

Mi padre lee mis primeros cuentos y dice que percibe en ellos un amor contenido. Lee las reseñas de libros que publico de tanto en tanto en la revista Ñ y le gustan. Para mis padres, todo lo que aparezca ya publicado, impreso en letras de molde,  gana en jerarquía. 

De grande, como buen miope, no sufre de presbicia y lee sin anteojos. Pero con el tiempo, el estrabismo y la edad, cada vez le resulta más difícil sostener la lectura. Lleva los artículos de la Ñ que le interesan a la librería, los hace ampliar. Vuelve contento con su versión, al alcance de la vista debilitada. Ese es todavía mi padre entero, trajeado, orondo y con toda su alegre vitalidad. Después vendrán las diferentes lupas y también las piernas que lo llevaban hasta donde hacía las ampliaciones, a pocas cuadras, como los ojos y el equilibrio, comenzarán a abandonarlo.

Si pienso en mi padre, vuelvo a ver su cabeza gris detrás de la ventana. Soy aquella mujer que pasaba en bicicleta, rauda, en un momento de libertad entre la merienda de sus hijos y la cena. Pedaleo con ganas, avanzo entre las casas, los jazmines, los robles, diviso la magnolia, rodeo el parque que circunda la confitería, me impulso bajo las copas de árboles altos, añosos, que mi padre ama porque le recuerdan el campo, y desvío por la calle de ripio larga a la que da su casa. Paso, una vez más, delante de su ventana y mi padre sigue ahí, en el mismo lugar, junto al fuego, leyendo.