Al fin sola y, a la vez, tan bien acompañada


Por Guadalupe Treibel


“La soledad implica que, aunque esté sola, estoy con alguien; es decir, conmigo misma. Significa que soy dos en uno”, apuntó alguna vez la filósofa fuera de serie Hannah Arendt, y esa frase es la llave que cierra el recorrido de Enfin seule (“Por fin sola”), libro de la periodista y podcaster Lauren Bastide que acaba de editarse en Francia con muy favorable acogida. Un ensayo personal rico en análisis histórico y literario que se lee -se devora, a juzgar por el fervor de la crítica- cual manifiesto en favor de la soledad femenina. No, estar sola no es déficit, naufragio, postureo para ocultar desamor o amargura, nos dice Bastide. Cuando se elige y ejercita a conciencia, tiene alto potencial: la más plena soberanía.  

Con su obra, Lauren archiva esa idea establecida, pero ya arcaica, de que una mujer sola es un fracaso en constante búsqueda de la media naranja. Propone jubilar la mirada de sospecha y la obligación de dar explicaciones, como si la autonomía necesitase coartadas y la libertad debiera rendir cuentas. “He aprendido a navegar sola y ya no quiero compartir el timón”, admite -muy cómoda consigo misma- en interviús donde defiende la soledad como conquista, espacio de diálogo interior, arraigo en una misma.

Al desplazar el gastado e idílico "¡Por fin solos!" de las comedias románticas hacia el singular femenino rotundo, la autora de bestsellers como Futur·es y Présentes reivindica el placer de cerrarle la puerta al resto (al menos, por un ratito), no sin antes aclarar un gran malentendido: la soledad que propone no es retiro del mundo ni renuncia al deseo. No hay cueva, ni voto de castidad, ni vida ascética en el horizonte; al contrario: es un tipo de soledad que le permite construir vínculos menos dependientes, más libres, menos administrados por el miedo. 

De hecho, la autora insiste en marcar la diferencia entre vivir sola, sentirse sola y estar socialmente aislada -tres experiencias distintas que suelen confundirse a propósito cuando se habla de mujeres- y reclama para la primera un estatuto propio, lejos de la lástima y del diagnóstico apresurado. Su soledad no es carencia sino elección; no es repliegue, sino un punto de apoyo. En las antípodas de la figura de la ermitaña, para Bastide, “estar sola es un ancla en el mundo, que permite abrirse a los demás de manera más sana, madura y alegre”, sea como madre, amante, esposa, amiga. 

Gabrielle Suchon

El ensayo avanza así entre el testimonio personal y el archivo cultural, con una galería de figuras que pensaron -y practicaron- esa retirada momentánea. En esa genealogía reconstruida, rescata, por ejemplo, a una ilustre desconocida, Gabrielle Suchon, “una mujer excepcional del XVII”. “Cuando sus únicas opciones eran casarse o entrar al convento, eligió el claustro… para escapar a los cuarenta. La leyenda dice que convenció al Papa de liberarla de sus votos. Ya en el campo, cerca de Dijon, escribió Sobre el celibato voluntario: un alegato sereno y contundente donde demuestra que, sin marido y sin hijos, una mujer puede pensar, enseñar, escribir y ser plenamente útil a su comunidad”. 

Lauren Bastide rinde homenaje a muchas que han explorado el camino solitario en las artes, las ideas, la propia vida: desde la socióloga Erika Flahault hasta la historiadora Geneviève Guilpain, desde la periodista Gloria Steinem hasta las viajeras pioneras Flora Tristan y Alexandra David-Néel, inclusive la mística medieval Hildegard de Bingen. Naturalmente, su tesis se apoya en Virginia Woolf y su célebre cuarto propio, “pero también me gusta citar a bell hooks y su 'reloj propio', es decir, tener derecho a cierta pereza, a crear espacio para que las ideas germinen, para que la mente divague”.

También aparecen nombres como los de Annie Ernaux, Maya Angelou, Joan Didion, con los que busca dar espesor a los gestos mínimos de la vida doméstica que se entrelazan con los pensamientos originales: cocinar, limpiar, ordenar una casa que ya no es cárcel sino un territorio del que se es dueña y señora. “Históricamente, el hogar ha sido un lugar criticado en las luchas feministas, y con razón. Pero hoy también es el espacio donde podemos emanciparnos y aprender a vivir solas”, postula. 

Otro de los núcleos filosos de su libro es el doble estándar cultural: el hombre solo sigue siendo visto como un ser autosuficiente, explorador, de espíritu libre; la mujer sola, como anomalía social. Bastide lo muestra con ironía y datos, pero también con escenas: el miedo inculcado a la mujer que vive sola, el mito de la indefensión en vez de alentarla a aprender métodos de defensa, la idea del peligro acechando en cada esquina (que en ocasiones puede existir), cuando el mayor peligro suele estar a menudo en la propia casa.


La dimensión material tampoco queda fuera de estas consideraciones. La autora recuerda que no hay soberanía posible sin independencia económica y que muchas mujeres siguen atrapadas en hogares infelices por desigualdad estructural. Pero suma una capa menos evidente: aunque las condiciones económicas estén aseguradas, muchas todavía deberían aprender a construirse un espacio interior propio. Simbólico, y asimismo concreto: darse maña para arreglar una canilla o, por qué no, usar el taladro.

Lejos del individualismo egocéntrico, Enfin seule sugiere algo más discreto y más radical: una metodología colectiva para desarmar miedos heredados -a ser mala hija, mala amante o mala mujer, a volverse loca, a quedarse sola- y reaprender una convivencia pacífica con una misma. “Animo a todas las mujeres, incluso a las que tienen pareja, a crear su propio refugio, un santuario, como en la infancia, donde solo rigen sus propias reglas”, aconseja esta dama que practica con hechos lo que predica. Y a quienes estén leyendo, le asegura: “Mi soledad es una forma pacífica de coexistir conmigo misma. Tiene sabor a plenitud”.