Por Cecilia Sorrentino
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| Escena de Combray (de la serie Retratos del campo), 1876, de Gustave Caillebotte (Wikipédia Fr) |
A veces, la lectora regresa a libros entrañables que leyó hace tiempo.
Esta tarde le gustaría volver a Virginia Woolf.
Toma un libro al azar y lo abre. Inmediatamente reconoce el cuarto. Recorre algunas líneas…
Virginia no está en su escritorio. Junto a la ventana, el pequeño sillón concentra la última luz que llega del jardín. Virginia lee. Algunas tardes lee, entre el té y la cena. El libro es En busca del tiempo perdido y ahora lo cierra sin quitar el dedo índice de entre las páginas. Se pregunta por qué vale la pena leer a los grandes. Por qué Lear, o Emma. Por qué Proust. Ahora mira por la ventana y alumbra una respuesta: “una ve después con mayor intensidad; el mundo está como desprovisto de su envoltura y dotado de vida más intensa”.
… la lectora cierra el libro sin quitar el dedo índice de entre las páginas. Y mira por la ventana.
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