Por María José Eyras
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| Suipacha y Viamonte, imagen promocional |
Un viernes de diciembre voy con mi prima del Sur al teatro a ver Suipacha y Viamonte, escrita y dirigida por Cynthia Smart, obra que se mantuvo en cartel durante dos temporadas hasta fines de 2025 en Espacio Callejón. El título alude a la dirección de una casona paqueta en decadencia a la que se accede por las dos calles. Se inicia con una mujer tirada en el piso, vestida de sedas claras y calzada con zapatos de taco. Es el personaje que interpreta María Canale, que representa a la generación intermedia de una trinidad formada por madre, hija y abuela que se reencuentran en la casa. Pero en el lugar, supuestamente deshabitado, las sorprende la presencia de inesperados habitantes: un pariente mayor –alojado en esa dirección o usurpándola por derecho de sangre– quien, a su vez, le alquila la planta alta a una organización estatal que incluye a un grupo de psicólogas.
Las tres mujeres llegan a la casa, la recorren y encuentran un ventilador; es uno de esos veranos porteños agobiantes y la puja por el aparato, que de pronto desaparece, se convierte en el indicio de una difícil convivencia.
El contraste entre el micromundo de las psicólogas, burocráticas y chismosas, y el de las recién llegadas de clase alta venida a menos resulta un tanto desquiciado y genera no pocas sonrisas en el público. A su vez, entre líneas, se parodia con humor el discurso psicoanalítico que padece el personaje de una pobre paciente angustiada que entra en escena. Hasta que, de pronto, la noticia de la perspectiva cierta de un desalojo transforma a este grupo variopinto; tanto las empleadas como las mujeres recién llegadas se enfrentan a la amenaza de un destino común: quedarse en la calle. El personaje central a cargo de Canale, en ese momento, revela una faceta inédita: deja atrás toda frivolidad, arenga a sus compañeras de circunstancia reaccionando contra la posibilidad cierta de perder la casa.
El espectáculo, que hasta esta instancia parecía destinado solo a hacer reír en tono de comedia, deviene un vehículo para denunciar la demolición sistemática del patrimonio edilicio de Buenos Aires y el consiguiente deterioro del medio urbano. En una ciudad que, como se sabe, se caracteriza por la escasez de espacios verdes, en lugar de sumar nuevos parques y plazas, se impone la avidez del negocio inmobiliario, con el agregado de edificios altos que dejan a otros cercanos sumidos en la sombra, saturan una infraestructura de cañerías ya sobrecargada y obsoleta y suman metros cuadrados de viviendas de lujo.
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| Renate Reinsve e Inga Ibsdotter Lilleaas en Valor sentimental |
Hay una primera escena en la casa vacía: las hermanas se encuentran, discuten por quién se queda con uno de los jarrones de cristal de la madre y, sorpresivamente, también reaparece el padre, distanciado de sus dos hijas.
La casa en cuestión ha sido testigo del paso de varias generaciones. Fue allí donde, en otro tiempo, la madre de ese padre se quitó la vida y éste, ahora un reconocido director de cine, aspira a filmar –justo en esa escenografía–, el hecho que lo marcó a fuego de niño.
Valor sentimental habla, implícitamente, del carácter único que tienen las viviendas, más allá de su materialidad y de la época en que se construyeron. Un valor ligado a las personas queridas que albergaron, las vivencias, los recuerdos, aun cuando fueran tristes o siniestros. Valor atado a la memoria familiar, a la historia y, en otra escala, a la memoria de quienes caminan por esa ciudad.
El año que se fue, como nunca antes, en cada salida o caminata por la ciudad, he chocado con escenas de un grado inédito de desolación, desde personas saliendo de atrás de un árbol con el claro gesto de subirse el cierre o bajarse la pollera, gente empujando carros con montañas de cartones o cochecitos de bebé en desuso cargados de desechos, hasta la estampa repetida, en una cruel metáfora, del contenedor de basura y el colchón habitado, uno junto a otro.
Así, la obra de teatro alternativo ágil y risueña, la película con visos de thriller psicológico, el drama de los sin techo y sin trabajo en nuestro país como el de los millones de refugiados del mundo convergen tristemente en esta serie, en el asunto crucial y significativo que es la casa. No escapa a un estado de cosas que, en la intersección de estos tres círculos semánticos, la casa y lo que brinda, y lo que debería brindar, resulte el doloroso centro.
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