Por Caro Alfonso
Hace un año, Mona me salvó la vida. Llegué a la casa de mi hermana después de manejar muchas horas escuchando la misma lista de temas desde que salí de mi casa. Antes de subirme al auto había recibido un mensaje tan desconcertante como lo había sido mi última relación; es más, ese mensaje terminaba de decirme con quién había estado dos años de mi vida, habiendo puesto tanto esmero en entender y tanto esfuerzo en construir que ya todo lo que quedaba por reparar era solo conmigo misma.
Pero convengamos que, cuando del otro lado hubo cosas tan turbias, aunque yo imaginara siempre terminar con respeto y alguna forma de cuidado, lo que quedó fue solo el gran vacío de algo que nunca fue genuino, que ni siquiera valió para mirarlo con amor. Había mil formas de salir de la vida del otro, y él eligió la más cruel y despótica. La que borraba de mí almanaque 26 meses sin siquiera poner en duda mis recuerdos felices: directamente los eliminaba.
Dos años con sensaciones borrosas de lo que creía un intento de ser verdadero, aunque con señales de que no podría costar tanto amar, de que la generosidad no podía ser unilateral. Para, finalmente, sentir la herida profunda de no haber sido vista, no digo como mujer sino humanamente, mirada de verdad. De haber sido borrada de la foto sin aviso previo. Un gesto que sin dudas solo proviene del desamor.
Así fue que llegué esa noche a la casa de mi hermana, donde está prohibido llorar, tampoco se permite tratar temas serios como no sea para dar vuelta la página, y decidir que acá no pasó nada. Frente a esa actitud, construí un personaje que solamente desataba cuando bajaba a la playa, como un ritual de oxigenación en soledad. Mis pasos se clavaban en la arena con el mismo ritmo con el que las lágrimas drenaban y se amalgamaban por fin con las olas. Nunca en mi vida tuve tanta necesidad de abrazar al mar.
Esa mañana de marzo, Mona apareció en la estación de servicio del pueblo, y mi hermana avisó a los vecinos que la tendríamos hasta que encontrásemos a su dueño. Cuando la vi llegar, me pareció enorme: una cachorra de unos dos años, mucho pelo, entre barbincha callejera y un oso perezoso. Silenciosa, demandante de mimos y con tanta ternura como pocas veces vi en un rostro, animal o humano.
Esa tarde volvimos a la playa y nos metimos en el mar juntas y caminamos mientras yo les decía a los turistas, a los guardavidas y a los lugareños que estaba conmigo "pero solo hasta que llegue su dueño".
Por ese entonces, me acababa de mudar en Buenos Aires y no estaba preparada aún para tener otro perro. Pero ella decidió por las dos, y yo me entregué liviana, sabiendo que aparecería su dueño y nos pondríamos todos contentos. Yo, particularmente, porque me había entregado sin reservas a tenerla por esos días, convertida en mi mejor compañera de caminatas tempraneras; grato cobijo a mis pies mientras trabajaba en el escritorio. Y en los últimos chapuzones del verano, me escoltaba al mar y me hincaba amablemente sus uñas en cada ola desesperada por protegerme. Más tarde, mirábamos juntas el atardecer, antes de dormir haciendo cucharita.
La intensidad y la mutua confianza nos unieron de entrada. Me pedía mimos hasta cuando manejaba; si hablaba con alguien o por teléfono, me rasguñaba el brazo para que no dejara de tocarla, y yo la dejaba, rendida de amor a sus reclamos.
Dos días antes de volver, apareció el dueño. Primeramente, me resistí a creerle porque había pasado más de una semana sin sus señales. Pero él me dio pruebas suficientes y comentó que era una perra escapista, que ya estaban acostumbrados. Conmigo no lo fue. acaso porque yo estaba tan chocha como ella de llevarla a cada lugar adonde iba. Cuando la devolví, se subió rápidamente a la chata del dueño y se dejó saludar por sus hermanos, como trepada a un pedestal. Pero no se dio vuelta a mirarme, como ahorrándome el disgusto; y yo la dejé con mi corazón estrujado, pidiéndole al dueño que por favor me la prestara cuando regresara. Se llamaba Hera, pero ella respondía más mi apodo que a su nombre de bautismo.
Volví al pueblo promediando abril. Una mañana me paré en el portón y ella simplemente lo saltó, se subió al auto y entonces el dueño me dijo que la llevara sin problemas. Otros diez días de caminatas, baños de mar, trabajo, atardeceres, mirar las estrellas y compartir la cama.
Su amor y su alegría me ayudaron a sanar heridas todavía abiertas, me dieron calma en cuotas silenciosas pero efectivas. Ella era la mejor compañera para transitar la soledad que necesitaba. Empezaba a sentir esa felicidad con tanta fuerza, que pensé que no iba a poder volver a separarme de mi Mona.
Pasaron los meses crudos del invierno. En agosto retorné con intenciones de quedarme por un mes y trabajar allá. Y, sobre todo, de terminar de conectar conmigo misma. Parecerá mentira, pero no lograba tener la suficiente conducta para vaciar mis días de actividades con la meta de poder estar conmigo, escribir, leer... Y hacer mi trabajo pudiendo despejarme de a ratos, sin estar pendiente constantemente de cualquier pretendida urgencia casi 16 horas por día, de lunes a lunes. Pero lo cierto del caso es que volvía a ese lugar a ver a mi amor. Soñaba con vivir en ese pueblo desolado en invierno, caminar por las mañanas, trabajar mirando la playa, escuchar el mar desde mi cama... Y estar con Mona 24 horas sobre 24.
Todo lo que sigue fue como una larga e inolvidable luna de miel. Desde agosto hasta diciembre me instalé en la casita con ella, como quien se atrinchera gozosamente con su persona favorita, cada cual en lo suyo pero sabiendo que el otro está ahí. A veces, me iba unos días a ver teatro y la dejaba con su otro dueño. Cuando volvía tarde me decía a mí misma que la buscaría a la mañana siguiente, pero no me aguantaba imaginarla en la calle, mi cama vacía. Paraba mi auto, bajaba el vidrio, decía Mona despacito y ella aparecía entre los jardines de los Bomberos, moviendo la cola y trepándose al asiento con total felicidad.
Así pasaban los días, con el trabajo cotidiano y con ese plus maravilloso de estar ahí con ella. Cualquier momento de recreo era propicio para mimarnos o subirnos al auto en busca de actividades que fui sumando sorpresivamente. Por la mañana, íbamos juntas hasta el Comunal, que está enfrente de su otra casa. Y yo hacía gimnasia, cerámica o caminaba por el bosque mientras que ella aprovechaba para saludar a sus coterráneos con alegría, como diciéndoles que los recordaba pero que ahora estaba conmigo y que, terminada la clase, tendría que dejarlos. Ya éramos casi una sola persona: ella iba conmigo a clases, cafés y encuentros, y me hacía la segunda a mis pies o en el auto.
Una noche fría, una amiga me invitó a una clase de tango, y allí vino Mona conmigo para esperarme en el coche. Tuve la suerte de coincidir en esa oportunidad con Alejandro, un hombre fuerte dedicado a la jardinería y, desde hace siete, años también al baile. Me contaba él que se acercó al tango después de que le rompieron el corazón; y que, durante todo un año, sólo iba a mirar. Ahora baila como los dioses y, lo más importante, es contemplativo con las principiantes. Termina la clase y llegan los milongueros que, en general, bailan todos muy bien. Cuando lo veo llegar cada domingo a Ale, espero que mi sonrisa disimule la dicha que me embarga, esperando que enseguida me dedicara tres o cuatro tangos. Él te acerca delicadamente a su pecho, con respeto pero con firmeza, y el baile en sus brazos se da solo aunque una no lo advierta. El Ale hace que todas bailemos y que nos vayamos de la clase con la sensación de estar dando pasos agigantados. Si supiera cómo lo esperamos cada domingo, acaso se inflaría de orgullo; pero no, él es austero de palabras y de ínfulas. Qué relevante es la generosidad en todos los órdenes de la vida. Si tuviera su teléfono le escribiría estos días para decirle que fue parte importante de mi año.
Fueron los días más perfectos que recuerdo en mis últimos tiempos. Algo duros, a veces, por la necesidad de tener que enfrentar ciertos temas conmigo. Pero ahora, mirando para atrás, reconozco la buena fortuna de hacerlo de este modo. Una suerte de medicina homeopática de amor, día por día, gota por gota escalando una montaña que parecía imposible de subir. Volver a confiar en mí y en un otro.
Ahora, a un año, siento que esos días me fueron levantando lentamente en una instancia donde no encontraba en mí el hilo que me izara para salir de ese pozo y mirar por fin el horizonte con esperanza. Y Mona y también la milonga fueron los dos regalos de la vida que me devolvieron como nuevos el alma y el corazón al cuerpo.
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