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| Foto del IG de Gaby Ferrero |
Cumpliendo deseos en el arte y en la vida
En un 2013 a tope de actividades que se repartían entre la docencia, el teatro comercial y el alternativo, Gaby Ferrero se tomó un té con Damiselas en apuros revelando giros complementarios de una carrera atípica, en la que encontró espacio para convertirse en orgullosa madre de Osqui.
Aunque ninguno de los diversos jurados que dan su veredicto sobre la actividad teatral se había dignado a recompensarla en el curso de casi dos décadas de admirables actuaciones (recién en 2014 tuvo su Ace por Mau Mau), Gaby Ferrero se reía con ganas: “Es que me gané todos los premios de chica, entre los 9 y los 11, con el equipo de gimnasia artística del club GEBA…”.
De todos modos, hay que decir que esta actriz de rica formación (danza contemporánea, técnica vocal, clown, flauta traversa) ha recibido siempre el apoyo entusiasta de la crítica especializada. Su rendimiento en obras como Cuchillos en gallinas, Crave, Toda mi vida he sido una mujer, El diario de Carmen, 4D óptico –entre muchas otras hasta ese año–, seguramente ha quedado impreso en la memoria del público que tuvo la buena fortuna de asistir a algunas de esas funciones.
Gaby Ferrero, intérprete flexible apta para todos los géneros, se prestó confiada a la entrevista, rememoró profesiones anteriores, repasó algunos trechos de su carrera de actriz, se entusiasmó con el futuro estreno de Mau Mau -un proyecto que generó junto a su gran amiga y socia artística Eugenia Alonso–. Y hacia el final de la conversación, se detuvo en el oficio que había elegido desde chica, por el que luchó largamente y al que consagraba en esos momentos buena parte de su vida y todo el amor de su corazón generoso: la maternidad. En las cercanías de octubre, del comercializado Día de la Madre, Gaby Ferrero nos dio su versión honesta y apasionada de esta función -no teatral- que seguía aprendiendo día a día. A continuación, algunos tramos de aquella conversación.
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| Con Osqui, su hijo. Foto tomada del IG de Gaby Ferrero |
Y a partir de entonces, ¿nadie te pudo parar?
-No (risas), hice cursos y seminarios. Empecé a entrenar en teatro antropológico, una experiencia muy buena. Al mismo tiempo que Postales… vi otra obra que me gustó mucho: Tango varsoviano, de Alberto Félix Alberto, en ese Teatro del Sur tan lleno de recovecos. Ávida de aprender, pensé que también me gustaría estudiar allí y estuve un año con Alberto, no tanto por la actuación sino por el cine, las artes en general. Y tengo que decirte que en el taller de Pompeyo conocí a quien es hoy mi compañera de laburo actoral, Eugenia Alonso, con quien más adelante armaríamos el dúo teatral Ácido Carmín. Hicimos El beso, en 1997, con dirección de María Inés Sancerni, y años después El 52, esta vez bajo la batuta de Valeria Correa. Y el 7 de octubre próximo estrenamos Mau Mau. Para mí, es un placer inconmensurable laburar con Euge.
¿Cuán importante es la presencia de la música en tu trabajo de actriz?
-Te diría que es algo fundante en la actuación: yo me manejo mucho rítmicamente, la danza es algo que está en mi cuerpo en casi todas las obras que hago. Me importa la música en general, incluso el canto, aunque me da más miedo. Pero canté en Cuchillos en gallinas, en Intimidad, en Los sensuales… La música es como una gran base que me ha resultado muy útil. La otra zona en la que había ejercido, la docencia, también me sirvió para trabajar con alumnos de teatro. Y si bien la dirección hasta el presente no era algo que me atrajese, sin embargo, al interactuar con los alumnos le voy encontrando el gusto. Tomé clases con Juan Carlos Gené y más recientemente con Guillermo Cacace.
Incursionaste en teatros públicos, en el circuito comercial…
-En el San Martín estuve primero con Cuchillos en gallinas, luego con Ifigenia en Áulide. También pasé por el Cervantes… Y más cerca en el tiempo, en dos oportunidades en el circuito comercial: El descenso del Monte Morgan y actualmente estoy haciendo 33 variaciones. He trabajado en publicidades, bolos en la tele, en algún que otro evento a partir, sobre todo, del espectáculo Simplemente Concha. Y siempre dando clase.
No se puede negar que te ganás la vida con muchas variaciones.
-Me las voy rebuscando. Me acomodo a épocas más holgadas, y a otras menos. En situación de bonanza soy fatal porque no sé ahorrar, me gasto rápido la plata. Pero me comporto como una buena ecónoma en tiempos de estrechez. Obvio que en el independiente no me lleno de oro, pero tengo la alegría de hacer siempre lo que me gusta, con gente con la que quiero estar. Otra experiencia de felicidad total fue hacer El diario de Carmen, en 2011. Luis Cano es un director amoroso, que te deja en libertad. Y estaba con Mauricio Minetti que es un gran actor.
¿Alguna vez te trató mal la crítica?
-La verdad es que siempre, que yo recuerde, han hablado bien de mí. Si alguno pensó mal de mi trabajo, pues se lo guardó. Porque yo leo las críticas, aunque me encantaría decir que no me interesan… (risas). Me gusta saber qué vio el crítico en tal o cual obra. También debo reconocer que algunos papeles pequeños en cuanto a entradas, que a mí me encantó hacer –como fue el caso de Intimidad– han sido muy valorados. Mirá, papeles chicos, papeles grandes, yo laburo y le doy para adelante.
Actuaste en Crave, una de las primeras obras de Sarah Kane que se estrenaron acá.
-Crave se presentó enseguida de 4.48 Psicosis, la puesta de Luciano Cáceres. No había leído nada de Sarah Kane y me fascinó ese texto. Preciosa obra, se podría reponer eternamente. Cristian Drut sabía con claridad lo que quería, éramos los actores los que nos resistíamos a estar sentaditos hablándole al público. Pero en los ensayos no estaban los espectadores, era terrible tirar al frente esos textos de tanta soledad, de tanto dolor. Finalmente, Crave se convirtió en una obra de culto.
¿Pasar del alternativo al comercial es como cambiar de clase social?
-Claro (más risas), es rarísimo en mi caso. Por ejemplo, hoy te dicen: “Vení que te tomo las medidas”, y a la semana tenés un vestido que te calza perfecto. Y así con todo. Sí, cambiás de clase social y te podés convertir en una caprichosa que se queja de cualquier cosa porque te dan el gusto. Cambian las proporciones: sala mucho más grande, espectadores que se multiplican. Es otro planeta. Imaginate, con Mau Mau estamos discutiendo si gastamos 300 pesos en un tapadito…
Mientras que 33 variaciones sigue en cartel, en octubre estás estrenando un proyecto tuyo y de Eugenia Alonso, Mau Mau.
-Como te dije, con Eugenia nos sentamos mucho a leer, comentar, tirar ideas. Nos dieron ganas de trabajar con Juan Parodi porque sí, porque somos amigos y nos gustaron sus puestas de Cariño Yacaré y Rosa brillando. Veníamos barajando ideas, y un día Juan tuvo la imagen de nosotras bailando con una bola de espejos en la boîte Mau Mau. Y ese punto de partida instantáneamente nos entusiasmó por las posibilidades que abría, aunque ninguna de las dos hubiese ido nunca a ese lugar. Mau Mau arrancó en el 64 y termina en el 94. Un lapso donde pasaron muchas cosas, algunas muy tremendas, que no pretendemos reseñar exhaustivamente. Nos interesaba también como excusa para hablar del vínculo entre estas dos amigas que se encarnan en una clase social muy cerca de la que iba a esa boîte. Dos tilingas acomodaticias a todo lo que iba sucediendo a lo largo de ese tiempo: las modas, aceptar a los milicos, festejar el Mundial, volverse democráticas con la llegada de Alfonsín… Desde luego que algunas de esas situaciones no se daban sólo en Mau Mau donde, sí, en la puerta estaba el famoso Fraga del que se decía que decidía quién entraba. Era bien visto el glamour de cierta gente de la farándula que cumplía determinados requisitos de imagen.
¿Hicieron algún trabajo concreto sobre el acento, el vocabulario, las actitudes de estas chetas?
-Como te comentaba, uno de los elementos que se reconstruye de esas fechas es el vestuario, los diseños, las telas, las texturas, los brillos… En el texto se incluyen algunas muletillas de la época, pero sin ánimo de hacer un léxico completo. Y trabajamos el acento sin poner demasiado énfasis. Desde ya que hay un estilo típico de las habituées –longilíneo, pelo lacio, etcétera– relacionado con lo fino, que nosotras no tenemos… Partimos de esa base y también de la edad que tenemos (50) que es mayor que la edad promedio de las que circulaban por ese sitio. Entre otras, manejamos la hipótesis de que ellas sobrevuelan el lugar a través del tiempo. Advenedizas que imaginan alcanzar un lugar inalcanzable. Mau Mau empieza con el whisky y termina con la pizza y el champán, toda una parábola.
Pasemos a la vida real: hablame, por favor, de la persona Gaby Ferrero que quería ser madre y de cómo lo logró.
-Me parece que esta historia empieza de chiquita, ya entonces me ilusionaba ser madre, aunque nunca soñé con casarme. Siempre me gustaron mucho los niños, trabajé con ellos. Desde los 16, 17, la idea de adopción empezó a interesarme: me parecía una manera muy noble de ser madre. Te diría que esa idea estuvo siempre más presente que la de la maternidad biológica.
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| Con Osqui. Foto tomada del IG de Gaby Ferrero |
-Entre muchas otras cosas que me pasaron, fue decisivo reencontrarme con una mujer a quien no veía hacía muchos años y que me contó su proceso de adopción de una niña de 7 con HIV y un pronóstico desfavorable. Hoy esa chica tiene 16 y está revertida su enfermedad. Entonces, cuando converso con Anabella me conmueve mucho su elección. En ese momento, yo salía de una separación bastante tortuosa y ahí creo que se cruzaron varias coordenadas: entre los más y los menos, se produjo algo bueno. Empecé a averiguar cómo era el tema de adoptar niños, empecé a hablarlo más seriamente en terapia. Y tomé la decisión a los 40. Fui al Consejo del Menor, el Niño y el Adolescente, hice toda la batería de reuniones, en general tediosas. A mí me parecía y me parece que la adopción es una opción tan interesante como la de tener un hijo en la panza, no es un plan B. Para mí fue un plan A desde siempre, quizás porque consideraba que había por ahí tanto niño suelto necesitado de una madre, de un padre. Por las dudas, te aclaro que me encanta que quienes así lo deseen tengan hijos biológicos. Pero para mí, elijo la adopción.
¿Cuánto se demoró todo el trámite?
-Mucho. Tuve mi carpeta lista en 6 meses y empecé a mandarla a diversos lugares, a provincias. Mi espera duró 4 años.Misiones es una de las provincias donde me anoté porque allí vivían unos amigos míos. Primero mandé mi carpeta y después me fui a Posadas una temporada. Le pedí a mi amiga que organizara reuniones donde yo le contaba a todo el mundo mi situación. Y a los 6 meses de haber regresado de ese viaje, me llamaron para decirme que en un hogar de Posadas había un niño. Una amiga de una amiga de una amiga que iba de voluntaria al hogar, se había enterado de que este niño estaba apto para ser adoptado, cosa que sucede cuando la madre biológica firma el consentimiento porque no puede seguir haciéndose cargo, o por una decisión del juez. Hablé con la directora del lugar, me dijo que viajara “para ver si se gustan ustedes dos…”. Y bueno, todo parece indicar que nos gustamos.
¿Qué edad tenía Oscar cuando se conocieron?
-5 años y medio, y lo traje a Buenos Aires a los 6 recién cumplidos. Me gustaría contar algo que pinta muy bien a mi hijo: cuando yo lo conocí estaba en un jardín de infantes y lo único que sabía escribir era su nombre y apellido, Oscar Márquez. La adopción tiene dos etapas: primero te dan al niño con una guarda, unos 6 meses con fines de prueba, lapso en que se supone va a haber un control de la asistente social, cosa que no sucedió en mi caso, se ve que confiaron. Cumplido ese plazo, comienza lo que se llama juicio de adopción que da al niño todos los derechos de un hijo biológico y el apellido de quien lo adopta. Bueno, cuando Oscar se enteró de que tenía que renunciar a su apellido, se angustió mucho. Con sus 6 añitos me encaró: “Yo me quiero llamar como vos, pero también me quiero llamar Márquez porque me contaron que mi papá era un hombre bueno. Además, todos me conocen como Oscarcito Márquez y ese apellido me va a hacer acordar que tengo hermanos”. Esas tres razones me dio el pendejo. Agarré el teléfono, llamé a mi abogada, le conté y ella me reiteró lo que yo ya sabía que decía la ley en estos casos. Le comento que yo no estoy adoptando a un bebé sino a un chico con una identidad muy clara y que no quería quitarle su apellido. Cuando parecía que no había manera, llegué a pensar en renunciar a la adopción plena y optar por la simple, donde no le das tu apellido, pero que tiene sus riesgos: si el día de mañana aparece algún familiar, puede reclamar al niño… Tanto insistí que mi abogada empezó a hacer consultas y un día me dice: “Mirá, vamos a tirarnos un lance por el lado de los Derechos del Niño, que dice que todo chico tiene derecho a ser escuchado, y vamos a pedir una audiencia con la jueza”. Así que tuvimos que buscarle un abogado a Oscar, que se puso una camisa, un poco de gomina en el pelo y con él fue a ver a la jueza. Entraron los dos y yo me quedé afuera con mi abogada comiéndome los codos. A los 10 minutos sale la jueza con los ojos enrojecidos. Conmovida, la mujer me abrazó y me dijo: “Si fuera por mí, haría efectivo el pedido de este nene”. Me leyó la carta que ahí nomás estaba redactando para mandar al Registro Nacional de las Personas, para hacer valer este caso. ¡Y valió el caso! El mocoso se salió con la suya: en su documento figura como Oscar Javier Ferrero Márquez. A los 6, mi hijo sentó precedente respecto de una situación que no se había presentado hasta ese momento.
¿Cómo resumirías sucintamente tu experiencia de madre?
-Hermosa, ¡desde ya! Aunque, por supuesto, no todo es un lecho de rosas. Cuando se me acerca gente que quiere adoptar a consultarme, me asusta un poco que tengan excesivas expectativas. Porque si bien mi experiencia es maravillosa en el balance, debo decir que no es tan fácil ni tan simple adoptar a un niño. En mi caso, a uno de 6, con una vida bastante compleja a sus espaldas, que se crió durante varios años en un lugar poco amable para una criatura. Nuestro primer año de convivencia fue un poco tumultuoso: imaginate, un chico que venía de Posadas, como yo le digo cariñosamente, era un indiecito guaraní. En un punto, fue como tener un bebé por esto de empezar de cero en algunas cosas. El primer año de adaptación mutua fue duro. Tuve dos pilares: mi terapeuta y mi abogada, que se puso realmente la camiseta. Porque para los abogados, el tema de la adopción no es negocio, y sí es un laburo arduo. Entonces, desde lo legal me apuntaló ella, y desde lo afectivo y la toma de decisiones un terapeuta increíble de familia que tuve y que tengo. Y a quien busqué pensando que Oscar era el que lo iba a necesitar, pero resulta que hace 7 años que mi hijo está conmigo, y todavía no se conocen. Porque el tipo la tuvo clara desde un comienzo: este chico lo que necesita es tiempo, los que necesitan apoyo son los adultos que van a estar con él. Me acuerdo que en las primeras sesiones yo iba y lloraba; creo que fue en la cuarta que él me dijo: “Bueno, cuando pares de llorar, vas a ser madre”. Ahí paré y empecé a accionar.
¿Por qué llorabas tanto?
-Porque me sentía desbordada, una inútil que no podía poner límites a un chico que, como lo demostró en el episodio de la jueza, tiene una fuerte personalidad. Un día, a los dos meses de estar en casa, se enfrentó a mi mamá: “Me quiero volver a Posadas”. Y a mí se me cruzó por la cabeza que quizás de verdad quería volver a sus pagos, que no éramos la familia que él esperaba… Por eso te digo que el apoyo terapéutico fue vital para mí. Creo que empecé a disfrutar realmente del vínculo a partir de ese primer año difícil, con momentos de desaliento. ¿Viste que cuando te mudás, desembalás, acomodás, recién al mes te podés sentar más relajada en un sillón? Bueno, a mí me llevó un año alcanzar ese estado, concertar, limpiar por fuera y por dentro. Osqui trajo toda una situación de salud muy precaria: poco peso, semidesnutrido. Estuvimos casi dos años hasta descubrir que tenía unos parásitos zonales, que eran de allá y le provocaban severos trastornos digestivos. Por todo eso, cuando la gente reacciona idealizando “Ay qué lindo, adoptaste”, les digo: “Pará la moto, que lo del romanticismo te lo debo”. Porque ahora te puedo decir a vos que es hermoso y que es genial y que se cumplió felizmente mi deseo de ser madre, pero es arduo y es un laburo de a dos.
¿Es un rol que se idealiza porque le conviene a las convenciones sociales y al mercado?
-Tal cual. Mi terapeuta me decía: “Acá lo extraño no es que hayas adoptado, lo extraordinario es que sos madre. Punto”. La parte buena es maravillosa, es convivir con alguien de quien sos responsable y a quien amás, es crecer juntos, es descubrir cosas sobre mí misma. Seguramente yo tenía vagas fantasías de una relación plácida y sin nubes. Y la verdad es que Oscar fue un terremoto para mí, un terremoto al que también debo ponerle límites. Hasta ahora es la convivencia elegida más larga que he tenido –mis parejas duraron menos– y todo el tiempo estamos haciendo acuerdos, peleándonos y volviendo a amigarnos muchas veces. Otra de las cosas que estoy aprendiendo es a convivir con alguien que cambia permanentemente. Es muy fuerte la sensación de ver crecer a alguien de su edad: una vez me pasó que lo dejé a la mañana en un colegio de doble escolaridad cuando volví a buscarlo. me pareció que en esas 8 horas algo se había modificado en él, que estaba más grande... Ahora mismo lo veo caminando hacia mí y me digo: “Pero ya es un muchacho”. Esto me sorprende de continuo: verlo volverse cada vez más independiente, tomar algunas decisiones cuando, hace no mucho tiempo, estaba más pegadito a mí
¿Cómo te las fuiste arreglando con tu trabajo y el tiempo que demanda un niño?
-Tengo la ventaja de que es un niño independiente y comprensivo. Además de que. desde el vamos. supe que le iba a interesar algún rubro del teatro. Pero lo cierto es que él me conoció así. A los 6 meses de tenerlo conmigo me salió una gira a Nueva York y me fui. Tengo la suerte de tener una buena estructura de amigos y de familia. Mi padre ya murió, pero Osqui curtió el mejor abuelo durante 6 años, tiene una abuela increíble y está rodeado de tías y tíos postizos que nos han hecho el aguante. Pero sobretodo, él entiende cómo es mi oficio: cuando trabajo menos, le dedico mucho tiempo. Y cuando –como ahora– estoy con muchísimo trabajo, entiende la situación, sabe que este esfuerzo es para los dos.
Mau Mau se estrenó efectivamente el 7 de octubre de 2013 en el teatro El Extranjero, y fue un suceso que duró varias temporadas. Después, entre otros espectáculos, Gaby Ferrero descolló en La crueldad de los animales (2015), Un mechón de tu pelo (2016), La comedia es peligrosa (2021), Edmond (2023), El sueño antes (2025).


