Agnes Syme Lister, científica crucial saliendo del anonimato

Por Rosa M. Tristán *

Agnes Syme Lister (hacia 1862)

Durante siglos, muchas compañeras de grandes científicos, que interactuaron con ellos de diversas maneras, pasaron como una sombra por la historia de los grandes hallazgos. Desde un segundo plano, ellas supieron encontrar sus espacios, no reconocidos oficialmente, para colaborar con sus esposos. Campos como los de la botánica son un ejemplo de ese empeño, y desde ahí algunas lograron trabajar de igual a igual con sus parejas en un mundo que les cerraba las puertas. Este es el caso de Agnes Syme Lister, que ha pasado a la historia como colaboradora de su compañero de vida pero que merece reconocimiento aparte, sobre todo en hallazgos como, por ejemplo, el del uso del cloroformo.

Agnes Syme, luego Lady Lister, nació el 23 de noviembre de 1834 en la fría ciudad de Edimburgo, en una familia de clase media. Su madre, Anne, murió cuando Agnes era una niña, tras el último de los nueve partos que atravesó, de los que solo sobrevivieron tres criaturas. Desde muy joven, la chica dio pruebas de una mentalidad muy curiosa y abierta para esas fechas, mediados del siglo XIX. Su padre, James Syme, cirujano, era un apasionado de la ciencia y le contagió tempranamente el interés por el conocimiento. No hay noticias concretas sobre sus estudios, suponiendo que los haya realizado.

En circunstancias probablemente debidas a la profesión de su padre, la joven conoció a Joseph Lister, estudiante de cirugía en el University College de Londres, donde se graduó en medicina con honores en 1852. Carrera que cursó compaginada con un trabajo como asistente de James, el padre de Agnes. Ambos se enamoraron, y Joseph, que era cuáquero, se hizo episcopaliano para poder unirse en matrimonio con su novia.

Tras la boda, iniciaron juntos un viaje de tres meses por Europa que le cambiaría la vida a ella que, según se sabe, comenzó a ejercer de asistente de su joven esposo, anotando sus hallazgos en un libro mientras se desplazaban de un lado a otro. A su regreso, la pareja se instaló en Edimburgo. Desde entonces, ella no dejaría nunca de colaborar con él, de modo que puede decirse sin lugar a dudas que los logros son compartidos, aunque fue Joseph quien se llevó los honores.

Como tantas esposas que cooperaron con científicos de la época, su nombre permanecía en segundo plano. Sin embargo, juntos, Agnes y Joseph recopilaron, en sus viajes por el entonces Imperio austro-húngaro, las 53 plantas de su herbario; y también en sociedad, entre 1863 y 1894, escribieron libros. De hecho, la mayoría los escribía ella a mano, sobre temas como bacterias, material de suturas o apósitos antisépticos. Tomaba dictados de su esposo dejando espacios en blanco entre las páginas para pegar luego pequeños diagramas que creaba con la técnica de la cámara lúcida. Quedó registrado en la conocida revista The Lancet que su casa acabó siendo un laboratorio en el que ambos trabajaban a destajo muchas horas del día.

La relevante lucha contra las infecciones

En su condición de cirujano, Joseph Lister tenía una gran preocupación por las infecciones postoperatorias, a menudo fatales. Cuando conoció la teoría microbiana de Louis Pasteur, que sugería que había microorganismos que causaban dichas infecciones, Joseph comenzó a investigar cómo prevenir que estos microorganismos entraran en las heridas durante las intervenciones. Experimentó con diferentes químicos, como el ácido carbólico, que mata gérmenes al contacto, e implantó, en el año 1867, la limpieza de heridas, la esterilización del instrumental quirúrgico y el uso de un spray durante las operaciones para crear una barrera química contra las bacterias. Estos métodos innovadores lograron hacer caer drásticamente las infecciones, sentando las bases de la asepsia incluso en la medicina doméstica. Una curiosidad: el enjuague bucal Listerine, que es un antiséptico, se llama así en su honor.

Joseph Lister y Agnes Syme Lister

En realidad, debería señalarse que es en honor de ambos, porque tanto Joseph como Agnes participaron en los experimentos. Y era ella quien los documentaba, un paso fundamental en cualquier trabajo científico. Cosa que también hizo en las muchas búsquedas que realizaron sobre el cloroformo, con el objetivo de determinar cuál era la dosis correcta para los pacientes. Este químico había sustituido al éter por ser más potente y fácil de suministrar, pero ofrecía riesgos cardiacos que ambos lograron determinar y que, más adelante, llevarían a su desuso. El joven cirujano Warton Cheyne, que era casi como un hijo adoptivo para ambos (los Lister no tuvieron hijos), recordaría más tarde que las discusiones científicas entre ellos eran casi en igualdad de condiciones, y que Agnes siempre fue su única secretaria, un trabajo por el que no figuraba  en los registros como parte de ninguna institución, tampoco recibía remuneración alguna.

Asimismo, las 53 hojas de herbario que recogieron en sus viajes están registradas a nombre de ambos Lister y contienen sus respectivas escrituras en la colección del Science Museum Group Collection. A Agnes, de hecho, se la considera actualmente como una botánica y coleccionista de plantas por derecho propio, por haber creado ese sobresaliente conjunto de plantas europeas que hoy sirve como documento histórico de lo que había en ese entonces.

La  pareja estaba de vacaciones en Rapallo, Italia, recolectando especímenes, cuando Agnes contrajo una neumonía aguda. Y apenas cuatro días después, el 12 de abril de 1883, murió a los 58 dejando al barón Lister totalmente devastado.

Página del diario de vacaciones de Agnes Lister

Por haber permanecido en segundo plano, Agnes Syme Lister no recibió ni reconocimientos ni premios formales en vida. Como se dijo, en el siglo XIX y parte del XX, las contribuciones científicas de las mujeres de los científicos eran muy raramente tenidas en cuenta. En su caso, su trabajo quedó eclipsado por la fama de su esposo, que sí recibió numerosos honores. Entre otros, ser nombrado Barón Lister de Lyme Regis por la Reina Victoria, lo que le facilitó un escaño en la Cámara de los Lores,  la concesión de la Medalla de la Royal Society. Incluso existe la Medalla Lister, el premio más prestigioso a nivel mundial de cirugía.

Ya en tiempos más cercanos comenzó a ponerse en valor el papel crucial que Agnes tuvo como colaboradora intelectual y asistente científica. Así lo apuntan historiadores de la ciencia en publicaciones como la citada The Lancet. y tanto su herbario como sus diarios de viaje se conservan como un legado importante. Es evidente que su activa existencia fue de suma importancia en el desarrollo de la antisepsia moderna. Son muchas las vidas que se salvaron gracias a los trabajos de esta escocesa tan desconocida como fundamental para la ciencia.


*  Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional. Este artículo fue publicado originalmente en la web Mujeres con ciencia