“Marúnica”, un acto (teatral) de justicia poética

Por Moira Soto

Damiselas vuelve a publicar la nota Entre verbenas y espantajos, Maruja Mallo, del 1º de noviembre de 2020, debido a que el reciente estreno de la obra Marúnica -Reportaje a una pintora española- así lo amerita. Espectáculo este que cumple en contribuir a reparar el olvido en que cayó localmente la citada artista y su extraordinaria obra pictórica. Porque si bien hay contados cuadros suyos en el Museo de Bellas Artes, en el Malba o en el Benito Quinquela Martín de La Boca, lo cierto es que -hasta entrado el siglo 21- esta creadora fue relegada pese a haber vivido, trabajado, expuesto y dado conferencias durante más de una docena de años en nuestro país. Mallo, llegada a la Argentina en 1937, se trasladó a Nueva York en 1949, para volver a ofrecer una exhibición en 1959, en la galería Bonino de Buenos Aires.

Cecilia Hopkins como Maruja Mallo

Cecilia Hopkins, destacada periodista, investigadora teatral en diversas áreas, exdocente del Iuna y la Emad, bailarina, dramaturga, directora de escena, en esta oportunidad es la intérprete y autora del texto de Marúnica. Un unipersonal que dirige Ana Alvarado y que cuenta con un logrado vestuario diseñado por Roxana Ciordia, mientras que el excelente trabajo realizado para la proyección de imágenes es de Romina Larroca; las luces la provee con eficacia Horacio Novello y el precioso títere pertenece a Alejandra Farley.

Con acertado criterio, Hopkins eligió el formato de entrevista periodística para este unipersonal que alterna dos etapas en la experiencia vital de esta vanguardista en la vida y en el arte: los años jóvenes en que tuvo la suerte, la breve pero gran suerte de abrirse y expandirse en el estimulante lapso que duró la Segunda República española, entre 1931 y 1936 (aunque vale aclarar que Maruja ya pintaba obras maestras con veintipocos años).

En sus respuestas a la requisitoria reporteril, la excéntrica MM tiene oportunidades aptas para soltar su lengua aguda, desenfadada, a veces apabullante, casi siempre irónica, a la que CH le confiere un acento muy prolijamente laburado. Que se suma al maquillaje que recrea el estilo Mallo de pintarse con fruición, que aunado a la actuación y al parecido físico entre personaje e intérprete, propician que la gran artista cobre un relieve que se refuerza merced a la visión de sus magníficos cuadros en el escenario de la sala Tuñón, del Centro Cultural de la Cooperación, Corrientes 1543, los viernes a las 20,30. 


Entre verbenas y espantajos, Maruja Mallo

Por Guadalupe Treibel

La verbena, 1927


“¿Que si creo en Dios? ¿Pero cómo voy a creer si con estas prisas mortíferas de hoy día no hay tiempo para nada? A mí el que me gusta es Moisés, que era un tío musculoso y revolucionario que se escribió él solo el Pentateuco contra el Pentágono y habló de la fuerza de los números. Además, se cruzó el mar Rojo a nado estilo mariposa…”. No es que se fuera por la tangente: Maruja Mallo -o Marúnica, como gustaba que le dijesen- plantaba el eje donde le venía en gana. Con desenfado respondía siempre la supuesta bruja de catorce almas, impetuosa, plena de humor y picardía. El anecdotario no deja mentir: que siendo una adolescente (ya anticlerical), irrumpió un domingo en la misa de las 12 de Arévalo montada a bicicleta, enfilando por la nave central, rodeando el altar mayor y saliendo a velocidad de crucero; el cura y los feligreses, incrédulos. Que en tiempos donde las tabernas vetaban la entrada a las mujeres, apoyaba la ñata contra el vidrio para hacerle burla a los tipos que bebían y charlaban. Que en las fiestas surrealistas (“de la libertad”, según ella) profería sus buenos alaridos ancestrales y elegía disfrazarse de tigre, “que es el animal más noble, esa voracidad que tiene es el vértigo de la sangre”. Que lo mismo podía zamparse unos caracoles en Villa Rosa a las 4 de la matina que cenar a las 10 de la mañana; prefería la noche, en especial para dar curso a ese pincel que la volvería ícono del surrealismo.  

Ciclista, o figura de deporte, 1927

“El día está lleno de obreros con perforadoras, para mí no existe; en cambio de noche los escaparates están iluminados, brillan los rótulos de cines y teatros, y en el cielo hay cincuenta millones de estrellas camino a Santiago”, ofrecía quien se proclamó “la primera travesti inversa de la historia española”: como el ingreso al Monasterio de Silos estaba prohibido para las mujeres, unas jóvenes Mallo y Margarita Manso, también pintora, se calzaron las chaquetas de Dalí y Buñuel ¡como pantalones!, et voilá solución drag. ¿Otra historia con ropita? Parece ser que, de grande, gustaba pasearse con su característico tapado de nutria y debajo iba tan desnuda como Isabel Sarli por la calle bajo su abrigo de piel, en
 Fuego.

La libérrima Maruja Mallo nació Ana María Gómez y González, en Lugo, Galicia, en la víspera de reyes de 1902. Cuarta hija de 14 hermanos, la familia se trasladó a Avilés, Asturias, cuando ella era aún párvula, y viéndola tan dispuesta a copiar dibujando portadas de revistas, su papá aduanero la alentó a que iniciara estudios en pintura. A los 20, nueva mudanza: Madrid y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (fue la única mujer en pasar el ingreso ese año), donde conoce a Dalí, “que siempre reprobaba”. “Él era de mi curso en la escuela y un día me presentó a Lorca, y éste me introdujo en la Residencia de Estudiantes donde también estaba Buñuel con sus ojos de rana. Aquella no era gente normal. Federico guardaba, en el interior de su armario, un gran frutero lleno de limones rociados con azucarillos. Me regaló uno y me indicó que con esto ya pertenecía a la cofradía de la perdiz”, compartió MM en una entrevista.


Salvador la bautizó “mitad ángel, mitad marisco”; mientras Lorca así hablaría de su arrebatadora obra: “Entre verbenas y espantajos, toda la belleza del mundo cabe dentro del ojo. Sus cuadros son los que he visto pintados con más imaginación y sensualidad”. Encantadora la anécdota de cómo los tres, junto a Manso, ¡osaron! atravesar la Puerta del Sol quitándose el sombrero. “Nos congestionaban las ideas”, la explicación de una Mallo que casi paga cara la audacia: “Por poco nos apedrean”. El gesto, curiosamente, acabó dando nombre a una vanguardia: sinsombrerismo se llama, desde entonces, al hacer de mujeres artistas e intelectuales de la Generación del 27.

Del ’28, por cierto, es la exhibición que la pone en el candelero, orquestada en los salones de la Revista de Occidente, patrocinada por su director, el filósofo José Ortega y Gasset. Como excepción, dicho sea de paso: fue la única muestra que se organizó allí en entreguerras. Por esos días, Maruja solía colaborar en carácter de ilustradora de esa y otras publicaciones españolas, a la par que creaba portadas de libros. “Expuse 10 cuadros y 30 estampas. Lo que más me sorprende en esos momentos está presente en estas obras: la calle, lo popular, reyes, ejército, clero, toreros, manolas, burgueses, soldados y menegildas. Las fiestas son la afirmación vital del pueblo, que hace parodias del orden celeste y de las jerarquías demoníacas”, contaba la pintora sobre sus Verbenas y Estampas, series alineadas con el realismo mágico donde aborda a la inversión secular del carnaval con escenas barrocas, pletóricas de fina sátira, donde los motivos se multiplican. También refiere a la mujer moderna (vía deporte), los rascacielos modernos, el cine como símbolo ídem, las máquinas... 


Dicen que solía gastar la frase “Aquí la culpa de todo la tiene la jodía mística” para referirse a la propia patria.  A mediados de los 20s, en el Café San Millán de La Latina, le pasó el trapo a los tertulianos y, tras una reñida pulseada con el finalista Rafael Alberti, se alzó el trofeo de un concurso de insultos. Triunfo que le valdría alguna que otra pullita de Buñuel, que en tono de mofa le espetaría más tarde: “¡Queda abierto el concurso de menstruación! Tiene la palabra Maruja Mallo”.

Aunque suscribía al amor libre (tan sin ataduras que se mataba de risa al recordar cómo Lorca le había robado un filito diciéndole al doble objeto de deseo que parecía un príncipe ruso), MM mantenía entonces, en los '30, un sonado romance con el poeta Alberti, que años más tarde renegaría del affaire. Un ocultamiento que, muchas décadas después, en 1985, él intentó subsanar vía artículo en El País. Allí escribiría que “aquella muchacha pintora era extraordinaria, bella en su estatura, aguda y con cara de pájaro, tajante y llena de humor irónico (...) Se sumergía en las fiestas populares, se remontaba al aire en los columpios, retratando a su hermana, casi desnuda, en bicicleta por la playa… Yo la admiraba mucho y la quería”, rememoraba el autor de Sermones y moradas, no sin sugerir que algunas piezas de ese celebérrimo poemario podían ser “transcripción de algún cuadro suyo”.

Maruja en la Isla de Pascua, 1945

Ojo, tampoco es que Maruja se ufanase de sus conquistas del corazón: cuando se le atribuían novios, como Miguel Hernández o Pablo Neruda (suya la famosa pic de 1945 con Mallo en ropas de sirena, montada con algas, algas y algas en la Isla de Pascua), prefería la reserva: apenas esbozaba una sonrisa y se daba al silencio.  

Retomando los hilos de la cronología, MM pasa el ’32 en París gracias a una beca de estudios, y conquista a la crème de la crème surrealista. Se codea con Magritte, Ernst, Miró, Éluard; y André Breton aprovecha la exposición de su serie Cloacas y Campanarios -inspirada en los vertederos de las afueras de Madrid-, para hacerse de un cuadro suyo: el espectral Espantapájaros, tenido desde entonces por pieza clave del movimiento. Éluard también quería una pintura, pero andaba corto de cash. “En estos momentos me interesaba la naturaleza eliminando las basuras, la tierra incendiada y encharcada. Las cloacas empujadas por los vientos. Los campanarios atropellados por los temporales. El mundo de las cosas que forman, con las que frecuentemente tropezaba por las estaciones de circunvalación, es la base fundamental del contenido de la labor de aquel momento”, diría la damisela sobre esos días de osamentas y hojas muertas. Días en los que, además, se empapa de cierta obra capital del siglo XVI: La divina proporción, del fraile Luca Pacioli, matemático italiano que, bajo esta lente científica, analiza el arte visual y la arquitectura.


En la Ciudad de las Luces le va bien, muy bien, pero la gallega decide retornar a España y sumarse a las Misiones Pedagógicas de la II República, con voluntarios (como María Moliner) que beben del espíritu cívico, republicano y laico, y recorren aldeas llevando a campesinos analfabetos pintura, cine, teatro, literatura, largo el etcétera. MM comienza también a volcar su pasión geométrica en la cerámica, a través de piezas que solo se conocen por fotografías, ya que lamentablemente no sobrevivieron a la Guerra Civil. También diseña figurines y escenografía para teatro; por ejemplo, para la ópera bufa Clavileño, de Rodolfo Halffter, cuyo estreno queda frustrado por el estallido bélico...

Anota Manuel Vicent, escritor y periodista que charló largo y tendido con la artista a comienzos de los 80s, que estando Maruja en Vigo presenció cómo los franquistas "arrojaban al carpintero del pueblo por el balcón del Ayuntamiento. Asimismo, vio a los estibadores del puerto que metían a masones conocidos en cajas claveteadas para salvarlos haciéndolos pasar por mercancías de embarque por delante de los piquetes falangistas. Una mañana, en la playa llena de bañistas, apareció un cañón”. En palabras de la pintora, republicana hasta la médula: “Yo recordaba mi niñez libre y feliz en Galicia, los mercados en la plaza tan pintorescos, las romerías tan alegres, y no pude resistir aquello tan terrible. Tenía un telegrama de Argentina, lleno de sellos, donde se me invitaba a exponer. Me fui en 1937 y ya no regresé hasta 1962”.  

Canto de las espigas, 1939

En efecto, Maruja se lanza al exilio voluntario: desde Lisboa, asistida por Gabriela Mistral, a la sazón embajadora de Chile en Portugal, trama la partida a Buenos Aires con excusa de brindar conferencias. Llega en febrero del ’37, cargada de bocetos que, al tiempo, devendrían descollante colección: 
La religión del trabajo, dedicada a las faenas en campo y mar, con Canto de las espigas (1939) entre las composiciones más conocidas.     

Mural para el cine Los Ángeles

En Buenos Aires, su amiga Victoria Ocampo la ficha para colaborar en revista Sur, y organiza conferencias como 
Lo popular en la plástica española a través de mi obra, que sale en formato libro editado por Losada. En el ínterin pinta (sus series MarinaTerrestre y Las máscaras), y se mueve que da calambre: viaja a Uruguay, a Chile, a Brasil, a París, a Nueva York… De la estadía por estos pagos, su sobresaliente mural para el cine Los Ángeles -sobre Avenida Corrientes- que engalanó el gran vestíbulo de doble altura en carácter de muestra permanente. Al menos, desde la inauguración del espacio en 1946 hasta los 90s, cuando -en pos de rentabilidad- una seguidilla de refacciones para dividir la sala única en múltiples tuvo como desenlace la destrucción más dolorosa: el fatídico RIP de Armonía plástica, como Maruja llamó a esta obra, sobre la que antaño advirtiese: “Todo gravita, en consonancia, en ondas plásticas que se propagan en el plano, transformándose en líneas y volúmenes, en formas giratorias, en algas, estrellas, medusas y en cuerpos humanos submarinos y aerodinámicos, que participan más del avión que del ángel, del submarino que de la sirena, porque se ha humanizado el mito al realizarlo”.

El racimo de uvas, 1948

En los 60s, dicho está, lía sus petates para rumbear hacia Madrid, donde lentamente vuelve a instalarse en la escena. Le costó lo suyo, porque como ella misma explicase, “cuando volví a España, mis amigos estaban enterrados o desterrados, y yo sola en el hotel Palace y las galerías llenas de pintura informalista que es un estilo totalmente franquista; claro, para que no se vea nada ni se diga nada, se hace una albañilería”. A fines de los 70s, hubo antología con bonus: su última serie pictórica, 
Moradores del vacío, “apta para los que ven y presienten con los ojos de la inteligencia”, según la insobornable dama. “En mi universo plástico actual, deseo captar la estructura mecánica del éter en conjugación con los hipernautas del espacio infinito del todo”, compartía quien encandilase a la Movida en los 80s, que ve en su exuberancia, un faro, y la adopta como amiga. No por nada Pedro Almodóvar -expreso fan de su obra- se felicitaba por haber conseguido El racimo de uvas, de 1948, para engalanar el piso del protagonista/alter ego de su último film, Dolor y gloria.


Maruja Mallo