Juana Vázquez: la poesía ante todo

Por Reina Roffé


Periodista y escritora prolífica, Juana Vázquez nació en un pueblo de Extremadura llamado Salvaleón, que cuenta con apenas dos mil habitantes y pertenece a lo que se conoce como la España vaciada: pequeños municipios con escasos servicios y habitados por personas de avanzada edad, ya que los jóvenes, en su mayoría, se trasladan a ciudades grandes para estudiar o trabajar. Fue el caso de esta autora española que reside desde hace décadas en Madrid, donde se doctoró en Filología, hizo una licenciatura en Periodismo y es Catedrática de Literatura. Sin embargo, su lugar natal ha sido y es central en su obra, evocado -de una o de otra manera- tanto en su poesía como en su prosa que conservan la esencia original de una manera de decir y de ser. Juana Vázquez ha colaborado en varias revistas literarias relevantes -Cuadernos hispanoamericanos, Barcarola, Leer, Ínsula- y en los suplementos culturales de diversos diarios. Actualmente escribe en El País. Ha publicado alrededor de diez poemarios, uno de los últimos lleva por título Voz de niebla, y tres novelas: Con olor a naftalina, Tú serás Virginia Woolf y Personajes de invierno. Entre sus libros de ensayos destaca El Madrid cotidiano del siglo XVIII. Y ahora acaba de publicar uno de relatos, El desconcierto de vivir, que recoge una serie de experiencias narradas desde el prisma de días en los que, según su propia autora, se entrecruzan la esperanza y la alegría con horas de silencio que se adentran en un tiempo de rutinas y vacío. Personajes singulares que buscan en los sueños el camino de la plenitud.

Has escrito ensayos, poesías y novelas. ¿En qué género -en el caso de que creas en los géneros literarios- te sientes más cómoda o crees que es fundamental en tu vida y en tu escritura?

- Para mí es fundamental la poesía, forma parte de mi naturaleza, de hecho, yo con cuatro o cinco años ya escribía poemitas. Siempre ha sido así. En mi infancia con una rima cursi y facilona, como no puede ser de otra manera en esos años, y con la naturaleza de fondo: flores silvestres, y de las que cubrían mi patio, plantas, árboles, mariposas, arroyos, fuentes. En fin, el paisaje rural que me rodeaba, porque yo vivía en un pueblo cerca del campo, y él era el motivo de lo que llamamos inspiración. Pero a partir de los diez años, más o menos, mis poemas reflejaban mi estado de ánimo, que era bastante melancólico, y mi angustia existencial por lo absurdo de la vida, y así ha seguido siendo siempre. Al ensayo llegué más tarde, y fue con motivo de escribir mi tesina, y después la tesis de Filología Hispánica, a la que siguieron los artículos periodísticos, una vez hube terminado mi licenciatura de periodismo, primero en el periódico Hoy de Extremadura -con un artículo cada semana, durante 10 años-, luego en Diario16, El Mundo, ABC y El País. A la novela es difícil explicarlo. Sin saber cómo, me salieron de dentro -una tarde en que escribía un artículo para El País- una serie de personajes que me impedían seguir en mi tarea periodística; al final dejé el artículo y escribí “en estado de gracia” que es, en mi caso, como si alguien te fuera dictando lo que escribes, y en un mes terminé mi primera novela, Con olor a naftalina, algo que nunca pensé que sucediera, quiero decir que nunca creí que fuera novelista; luego a ésta le han sucedido otras dos, y un libro de cuentos. Pero en el proceso creativo ha habido más raciocinio, aunque tampoco ha faltado el “estado de gracia”. En resumen, aunque no creo mucho en los géneros, yo si algo soy, es poeta, que para mí no es un género literario sino una condición.

Entre tus ensayos, llama la atención El Madrid cotidiano del siglo XVIII. ¿Hay en ti cierta vocación de socióloga o historiadora? ¿Cómo surgió esta indagación?

- Pues sí, a lo largo de mis carreras de Hispánicas y Periodismo, en todas las asignaturas donde podía escoger, es decir en las optativas, siempre elegía estudiar historia. Y en cuanto a mi afición por la sociología ha sido tanta que cuando terminé la licenciatura de Periodismo quise hacer la de Sociología, pero problemas de tiempo me lo impidieron. En cuanto a cómo surgió el indagar en el siglo dieciochesco para escribir el ensayo de El Madrid Cotidiano del siglo XVIII, fue resultado de mi tesis, que la hice sobre El costumbrismo español del siglo XVIII. Una vez escrita y publicada, comentándola con la escritora Carmen Martín Gaite, de la que era muy amiga -pues ella estaba también especializada en este siglo-, me pidió que se la enviara, y no más leerla me contestó diciendo que de ahí tenía que salir un libro que tratara de las costumbres de Madrid, porque era la ciudad a la que más se aludía en la tesis. Y así fue, me metí de nuevo en la Biblioteca Nacional a investigar para añadir la información que me faltaba sobre las costumbres de la capital, en todos los aspectos.


Tú serás Virginia Woolf es la novela que publicaste en 2013, donde se presenta como un thriller psicológico urbano la historia de una familia caótica y delirante. Pero hay mucho más detrás, incluso la presencia de un pueblo mítico, una especie de Comala o de Macondo que está siempre omnipresente en varias de tus creaciones. ¿Es el pueblo de tu infancia?

- Este pueblo mítico, como no podía ser de otra manera, es mi pueblo, y aflora en mis novelas a través de los recuerdos de la juventud de mi “tata” (que entró a servir a casa de mi abuela casi en su infancia), y que también era de allí. Y lo hace en una especie de ensueño onírico y surrealista. Asimismo, está presente en muchas de mis poesías, aunque en este caso, lo hace a través del campo, de la soledad de sus calles, de su silencio, de la lluvia, arroyos, fuentes, en definitiva, del paisaje rural, pues Salvaleón -que es el nombre real del pueblo- tiene muy pocos habitantes y está a la orilla de una colina muy cercana al “campo abierto”. Hoy día podríamos decir que pertenece a la España vaciada.

¿Qué importancia tiene para ti Virginia Woolf como lectora y como escritora?

- Como escritora y persona mucha, pues percibía en sus novelas a la joven con grandes problemas mentales, algo que me inquieta, pero también me atrae. Comencé a leer a Virginia Woolf muy jovencita, casi adolescente, y como yo era una chica depresiva y melancólica, así como defensora de la igualdad de derechos y deberes de mujeres y hombres -algo que me inculcó a “machamartillo” mi padre-, percibí en todas sus novelas, y sobre todo en Una habitación propia, un reflejo de mi identidad, es decir, me identificaba mucho con ella y sus libros me enganchaban. Yo me decía, se parece mucho a mí y es una gran escritora. Sus ingresos en psiquiátricos, sus intentos de suicidio y su final, me convencieron de que en el fondo tenía que ver mucho con ella. A mí me seducía su vida, su persona, esa persona donde a través de sus libros creía ver un reflejo mío.


Sé que has leído a una autora que no aparece con frecuencia entre las lecturas predilectas de las escritoras españolas, Djuna Barnes. ¿Cómo llegaron a ti sus libros?

- Me hablaron de ella cuando estaba en la facultad, como ejemplo de escritora bohemia y rompedora de géneros literarios, y nos la recomendaron como lectura. Yo leí sus cuentos reunidos en la obra El vertedero, y también su novela El bosque de la noche. El profesor de literatura que nos animó a leerla fue un chico joven que estaba como asociado, se llamaba Julián, e iba siempre a la última y con pintas de bohemio, sus clases eran totalmente informales y nos hacía preguntas interesantes sobre los libros que leíamos. En fin, yo no es que estuviera enamorada de él, pero lo admiraba mucho, me caía muy bien y lo pasaba estupendamente en sus clases, que ya digo se salían de toda normativa, y eso hizo que la leyera. Y puedo decir que, así como El bosque de la noche me encantó, sus cuentos no fueron mucho de mi devoción. Si los volviera a leer no sé si pensaría lo mismo de ellos, pues hace unos meses, hablando con el escritor Eloy Tizón sobre La velocidad de los jardines, uno de los libros de cuentos que más me gustan, le dije que me recomendara alguno que fuera algo afín al suyo, y me recomendó El vertedero; me quedé perpleja y pensé en buscarlo en mi biblioteca, pero a saber dónde se encontrará, en una casa que alberga cerca de siete mil libros.

Has participado en varios volúmenes colectivos. Doy solo dos ejemplos: Los personajes femeninos en el Quijote y El Quijote en clave de mujeres. ¿Hay en ti un interés especial o la necesidad de reivindicar la figura de las mujeres en el plano creativo e intelectual?


- Para mí reivindicar a la mujer en todos los campos en donde están olvidadas es algo esencial. Es uno de esos temas que yo, que no soy de discutir ni acalorarme al enfrentarme con gente que tiene una opinión en algún aspecto diferente o contraria a la mía, si es sobre los derechos de la mujer salto por encima de toda mesura, y tengo que reconocer que pierdo el control. Por otro lado, su defensa como persona en igualdad con el hombre la he llevado a la escritura, y por no extenderme más diré que de los aproximadamente doce artículos publicados en la sección Tribuna de El País, más de la mitad aluden a ese tema. Recuerdo estos títulos: “Un pionero olvidado”, que trata de Fray Benito Jerónimo de Feijoo en su defensa de la igualdad del hombre y la mujer como personas. “Cervantes y las mujeres”, “Simone de Beauvoir: cien años no es nada”, “Afrancesadas o petimetras”, “La Real Academia es cosa de hombres” y “El compromiso de la lengua” sobre la no entrada en la Real Academia Española de la Lengua de María Moliner como algo injusto. En fin, que es el tema que más despierta mi interés en todos los aspectos.

Escribiste un texto poético, “Masticando asfalto”, en un libro de homenaje que se publicó el año pasado en España, Alejandra Pizarnik y sus múltiples voces (selección y edición de Mayda Bustamante). ¿Te sientes cercana a la poesía de la autora argentina?

- Principalmente me siento cercana a ella como poeta maldita, depresiva, ansiosa, extravagante, anticonvencional. Y a esa poesía que transmitía todo su sufrimiento, su angustia de vivir, su rebeldía, su atracción por la muerte, pero también por la vida, sus complejos, su asma -yo de pequeña era asmática-, su baja autoestima por su físico; en fin, de todo esto que sugería en su poesía. De todas formas, a Pizarnik la conocí muy tarde, muy a finales del siglo XX, puesto que yo, desde que empecé filología en el setenta y uno hasta los noventa y tantos, que presenté mi tesis, fue una época sobre todo académica, aunque no en mi escritura de poemas, pero sí en mis lecturas. Cuando leí a la Pizarnik, inmersa ya en el mundo poético de Madrid, me atrajo desde el primer momento por todo lo dicho, pero cuando se hizo una pasión para mí fue ya empezado el siglo XXI, cuando tuve que dar una conferencia en mi tierra sobre ella. Entonces me empapé de su vida y leí casi toda su poesía, una nueva Alejandra surgió para mí que me arrebató. A partir de ahí se convirtió en una de mis poetas favoritas, en un mito.


El libro que acabas de publicar, El desconcierto de vivir, ¿es una novela o son relatos unidos por el desasosiego que la realidad, siempre caótica, suscita en la voz narrativa?

- Son relatos escritos por el desasosiego que la realidad suscita en mí, y nunca pensé que lo que empecé como un reflejo de la desorientación y angustia que me había producido el hacer el papeleo para que mi “tata”, ya muy mayor, tuviera un aparatito que conectara con los médicos si se encontraba sola en casa y sufría una caída u otro tipo de emergencia, iba a terminar siendo un libro de relatos o historias cortas. Todos ellos tienen que ver con algún recuerdo o acontecimiento vivido con desasosiego existencial, claro está que el recuerdo o acontecimiento no aparece, sino lo que este significó para mí o las sensaciones que despertó. En realidad, son la historia de estas vivencias y emociones inquietantes.   

Esa voz narrativa se bifurca en muchos momentos del relato, aparece una segunda persona, íntima pero suficientemente distanciada, tal vez por la necesidad de contarse y ser narrada por otra voz que no sea siempre la primera. ¿Este empleo de las voces narrativas surgió como una forma de examinar, desde una perspectiva más aguda, la angustia que produce la vida?

- Si fue así no soy consciente, ya que la forma de enfocar la voz narrativa no es una técnica de la que yo tenga conciencia y haya tenido en cuenta al escribir el libro, y menos que cuando aparece sea con la intención de “examinar” algo. Porque en mis libros, y mucho más en éste, El desconcierto de vivir, apenas pasa por la razón lo de utilizar determinadas técnicas literarias, que no quiere decir que no las haya, pero me vienen del subconsciente. Porque ya he dicho que escribo siempre en “estado de gracia” y este estado se da en toda mi obra creativa y, principalmente, en la poesía, en mi primera novela, Con olor a naftalina, y en este libro de cuentos.

¿El sueño y la fantasía son para ti, como en este libro, modos de superar la realidad desangelada o estrategias narrativas para romper con el realismo tradicional?

- Son modos de superar la realidad desangelada. Pero no solo en este libro está detrás de la escritura el impulso de sobrepasar la realidad “roma y chata”, sino en todas mis obras creativas, aunque he de confesar que en este libro el motivo por el que salió el primer cuento fue ese, el de pasar por encima de un día, en que quería vencer lo que me había sucedido. Necesitaba hacer literatura para no encontrarme cara a cara con lo vivido en mi contacto con funcionarios, trámites, papeleo.  En definitiva, con la realidad pura y dura.

¿El empleo de un lenguaje metafórico y sorprendente apareció como un modo de reforzar la extrañeza y el desconcierto de la narradora o surgió espontáneamente como algo inherente a tu condición de poeta?


- Surgió espontáneamente unido a las impresiones que despertaban en mí determinados sucesos vividos en mi persona o en personas conocidas a lo largo de mi vida. Esa emoción era el resorte que propiciaba un determinado lenguaje poético que reflejaba mi vivencia. De todas formas, aunque me repita, es que escribía desde dentro, como si alguien me dictara, y lo hacía, por sensaciones de turbación, inquietud, que yo había percibido en tales casos.

Todas las aristas de lo cotidiano aparecen en El desconcierto de vivir con un tratamiento intenso y profundo sumado a un lenguaje poético campesino muy rico. Surge, por otra parte, el hilo sospechoso de la autobiografía. ¿Se puede leer este libro como fragmentos de unas memorias en un período de miedo y confusión?

- Has acertado, y aunque en realidad la trama de los cuentos no tenga nada, o casi nada, que ver con los hechos reales que me han sucedido, sí que tienen con las sensaciones que me produjeron esos hechos que son vivencias verdaderas de cómo yo los percibí. Y muchas de un periodo de mi vida en el que yo empecé a notar las “goteras” de la edad, cuando los recuerdos acuden a ti en mayor medida, pues ya tienes más pasado que futuro. En cuanto a lo de tocar casi todas las notas de lo cotidiano se lo debo a los recuerdos que acudieron a mí de acontecimientos sucedidos a lo largo de la vida, que, por supuesto, son muchos, por estar ya en edad madura. Y claro está, siendo poeta y de origen campesino, no podía ser de otra manera mi lenguaje.


A continuación, fragmentos del libro El desconcierto de vivir, de Juana Vázquez.

Editorial Sapere Aude, Oviedo, España, 2022.


I

Todo cerrado en mí. Sólo los pájaros eran libres. Mi cabeza era un atolladero de sentimientos colgados de los muros del pueblo, lamidos por la lluvia.

Titubeaba entre ocasos que venían a meterse en el pozo de agua azul de mi casa. La cueva se escondía pozo abajo y un abalorio de estrellas eran los prados junto a los relojes del tiempo del desconcierto.

Esto ya lo vi, pero no era aquí, fue hace algunos años en lo alto de una silla de enea.

¿Todo esto será así, o serán libélulas de sueños que hablan en los ríos rojos que vi hace tiempo?

¿Todo será porque no comprendo lo que me rodea por ser pequeña? ¿O es que el mundo todavía está recién estrenado y luego irá creciendo y será más normal? También puede ser que el universo tenga la edad de la gente.

Pues yo creo que el vestido que lleva ahora es de niña chiquitita, de cinco o siete años, o sea de mi edad. Y que luego vendrán los pantalones, las faldas cortas, las minifaldas, los escotes... y luego las faldas rectas de por debajo de la rodilla con una rebequita, y al final las batas cuando una y el mundo sean viejos.

Debe ser eso por lo que veo cosas tan desconcertantes y erráticas, y que son iguales que mi cabeza.

Seguro. El mundo tiene la edad que cada uno tenemos.


II

¿Y qué? Mi rincón es acogedor, calentito, las zapatillas se arrastran acariciando el suelo, mis gatos ronronean por las camas, se hacen nido en los sillones; la cocina huele a cáscaras de naranja, de plátano, de manzana; está medio dormida y en las habitaciones los edredones abren la boca y tienen sueño, luego se resbalan y suenan blanditos, y los grifos entonan la melodía del medio abrir, mis libros son libres y se acuestan en baldas, en mesas, en sillas, se visten desafiantes de columnas casi hasta el techo, se abren y te cuentan historias de esas que no terminan. Yo corro desnuda por la casa como mujer primitiva en verano, y en invierno me echo una manta encima, tan calentita como estufa que me arropa.

Un silencio envuelve todas las habitaciones. El brillo no agrede, nada recuerda a los militares ni sus normas, la casa está relajada, no tiene ansiedad, la mesa no se quita pues es multicultural, se quedan haciendo la sobremesa el gazpacho con las judías, los restos de chuletas con las espinas del pescado, los tomates al lado de las medias manzanas, el café a medias, las servilletas no presumen de blancura ni de cara joven. Es todo tan cálido, me muevo tan sin esfuerzo por las horas, que no noto el tiempo sobre mis hombros dándome órdenes y dictando normas.

Pero está la tarde de abril, están los álamos verdes, los geranios despuntan en el prado de enfrente, las margaritas acostadas ríen y ríen, el frigorífico de la vecina tiene yogures, salmón, aguacate, pimientos, sardinas, calamares, mantequilla, leche, bacalao. Todo guardadito para que no se estropee. Y huele a hambre de pan recién salido del horno, hambre buena, aceite en la aceitera, tomate recién triturado. No hay moscas, ningún insecto, y ni pensar en cucarachas ni ratones.

Pero en mi casa soñolienta si se pone el uniforme hay esfuerzo, y la señora del pijama y sin un diente tiene que agacharse y levantarse del suelo, mover sillones, mesas, espejos, sillas, platos. Y yo, salir de la cama para abrirle y pensar, pensar, a ver qué limpia ahora, y ponerme como un soldado a organizar un día de cuartel, y estar alerta y firme para mandar, y mis gatitos asustados sin encontrar un sitio arropadito y blando como una magdalena de mi pueblo, no la de Proust, que debe estar ya acartonada de años y siglos.