En busca de la femineidad perdida

Nené Cascallar, autora de El amor tiene cara de mujer y otros exitosos teleteatros de la tarde que amenizaban las horas en que las mujeres planchaban, publicó en 1945, bajo la forma de libro, sus charlas radiotelefónicas tituladas Estas cosas... de Mamá (Editorial Peluffo, Buenos Aires), precedidas de un Prólogo confidencial del conferencista Gregorio Martínez Sierra. Este señor, poeta, dramaturgo y guionista (buena parte de cuya obra, según lo confesara la propia interesada en una autobiografía tardía, en realidad fue escrita por su esposa María de la O Lejárraga) alabó así a la señora Cascallar: “Usted, maestra de la vida, está ayudando a crear ese ser nuevo, espiritual, refrigerante, consolador, maternal, inteligente, que ya está a la orilla del camino, con los brazos abiertos (...). Siga pues, sutil camarada, buceando en las almas y señalándoles la buena y florida senda” (sic).

Portada de Les plaisirs et les jours, de Proust, 1900
(Madeleine Lemaire)

Abriendo al azar el libro, nos encontramos con que dice la autora en una de sus didácticas columnas: “Como mujer feliz de serlo quiero hoy hablar con aquellas mujeres que solo son felices cuando dejan de parecerlo”. He aquí la explicación de tan enigmática frase: “Me refiero a esas mujeres que por sus modales, sus opiniones, su atavío y hasta sus actividades, tratan de asemejarse al varón (...). Pero no crean que voy a tener hoy la peregrina idea de referirme a una feminidad tipo siglo XVIII, ni que voy a levantar mi voz escandalizada frente a los avances de este mundo barranca abajo. Tanto no. Creo en la civilización (...), amo la libertad del sexo débil y aspiro al encumbramiento y reconocimiento cabal de la fuerza espiritual de las mujeres”. Todo esto lo acepta gentilmente Nené Cascallar siempre y cuando “la mujer siga siendo estrictamente eso: Mujer”. Ah, ese eterno femenino del que nos hablaron otros escritores en otros siglos...

Naturalmente, la autora de Estas cosas... no cree necesario caer en el remilgo cursi ni en la coquetería inconsistente que solo se atiene al aspecto exterior: “Me refiero a la feminidad sustancial, íntima, congénita. A ese encanto que reside en la suavidad por encima de todas las cosas. Un atributo femenino que algunas mujeres se empeñan ostensiblemente en destruir”. Ese deplorable alejamiento de la feminidad se advierte en “gestos varoniles, pantalones en cuanto atavío sea posible, cigarrillos a granel y fumados con aspavientos masculinos, bebidas y whiskies sin contralor, conversaciones estúpidamente osadas e inútilmente vulgares”. Nené Cascallar nos da la voz de alerta ante semejantes situaciones cuasi escandalosas, sin dejar de reconocer que “la legítima mujer puede exaltar su sensibilidad al dedicarse a las letras, el arte, todo lo que sea cultivo de lo bello”. NC no quiere saber nada con aquellas que “no quieren ser la mujer junto al hombre sino la camarada, la compañera”, y las acusa de “menoscabar su sexo, porque no existe espectáculo más triste de contemplar que el de la mujer sin feminidad, sin recato”. Para rubricar tales máximas, la charlista nos asegura que ha escuchado opiniones masculinas mucho más severas al respecto. Con que, hijas, a las que les calce el sayo, a ponerse ya mismo en campaña para recuperar la feminidad extraviada vaya a saber en qué andurriales.